Antes de nada, me presento.
Esto es un diario, y no tiene mucho sentido empezar un diario sin hablar un poco de mí. Me llamo Diana, en honor a la antigua diosa, ocurrencia de mis padres. Soy una persona algo rarita, y eso también es gracias a mis padres. Ellos ya eran frikis antes de que se inventara la palabra, y me he criado entre historias de fantasía y ciencia ficción. Tengo suerte de que decidieran llamarme Diana en vez de Arwen, o algo así.
Quizás debido a mi crianza entre esas historias, mi mente tiende tanto a lo racional: soy escéptica y atea, y no creo en nada que no encaje con lo que la ciencia dice. No obstante, cuando estoy sola o me aburro, también tengo tendencia a empanarme, y mi mente se pierde en su propio mundo fantástico. Es una maravillosa forma de evasión de la realidad (y por eso viene lo de rarita).
Mi carácter es algo brusco, soy muy seria y digo la verdad cuando es menos conveniente, por lo que tengo pocos amigos (aunque muy buenos). Si quiero algo, lo consigo aunque tenga que hacer mil maravillas para ello, pero eso me trae bastantes problemas.
¿Qué más contar? Me gusta mucho leer, escribir, tocar instrumentos y ver películas. No hay mucho más que decir, que yo sepa. Según avance este diario, supongo que se añadirán más detalles.
Empiezo este diario por un motivo: me voy de vacaciones, como premio por mis buenas notas. Mis padres se han encargado de todo, incluso me han buscado un grupo, y corren con todos los gastos. Ellos, por su parte, aprovechan para hacer una escapada romántica.
Mañana por la mañana, empezará lo que espero que sea el mejor verano de mi vida.
Día 1: El viaje cansado, pero aquí estoy y la compañía no podía ser mejor.
Son las diez de la noche y estoy agotada. Empiezo por el principio:
En el aeropuerto llegué pronto, antes que nadie, y me encontré con la organizadora en el sitio acordado. Luego comenzó a llegar el resto del grupo. Aunque soy algo tímida, entablé conversación con ellos: eran muy majos, pero no se me ha quedado casi ninguno de sus nombres (soy buena memorizando de todo menos nombres).
Cuando ya estábamos todos menos dos personas, nos empezamos a impacientar, pero se nos comunicó que habría un retraso. Por fin llegaron los que faltaban ¡Y vaya con ellos! No quiero dar la impresión de ser una de esas salidas que se dedican a mirar a los tíos como si quisieran comérselos, pero es que estos dos son los más sexys que he conocido, y era bastante difícil evitar que se me cayera la baba. De hecho, puedo afirmar con rotundidad que fui la única chica con bastante autocontrol como para no abalanzarme hacia ellos. Literalmente, es lo que hicieron todas, incluida la organizadora.
Como el resto de las mujeres estaban ocupadas, el resto de hombres del grupo decidió que yo era un blanco perfecto para el coqueteo. El peor y más pesado era un snob idiotizado llamado Carlos, que se acercó más de lo necesario. No le lancé un sopapo porque tuvo la suerte de que llegó la hora de embarcar.
Ya en el avión, fui la mujer más afortunada, porque me senté al lado de uno de los bombones, Alexánder, que es increíblemente maravilloso, divertido y considerado. Creo que me he enamorado (es broma, pero si sigue así no tardaré mucho). Su amigo, Robert, es como su opuesto. No le he visto sonreír en ningún momento y se mantiene aparte en todas las conversaciones. Es menos sociable que yo, que ya es decir. Yo al menos lo intento. En fin, creo que empiezo a divagar, así que sigo.
Han sido las mejores horas de vuelo de mi vida, pero no me gustaba nada cómo la maldita azafata rondaba por las cercanías de mi acompañante. Aunque lo entiendo, ¡ya lo creo que lo entiendo! Con unos tipos como estos dan ganas de rondar cerca de ellos. Tienen un magnetismo que raya lo sobrenatural.
Cuando llegamos, a media tarde, yo estaba hecha un desastre, aunque hice lo posible por evitarlo durante el vuelo y en el viaje en autobús. Demasiadas horas. En fin, el caso es que nos dieron el resto de la tarde libre para explorar el pueblo al que habíamos llegado y para conocernos mejor. Así que fuimos a tomar algo, el grupo al completo. Ahora que lo pienso en frío, creo que di una imagen de glotonería imperdonable, pero la comida del avión era un asco. Alexánder me libró de tener que soportar el parloteo del pesado de Carlos y me sentí en la gloria (¿cómo no?) aunque el hecho de tener al resto de chicas revoloteando alrededor no ayudó mucho.
La cena fue exquisita y las habitaciones son individuales ¿Qué más se puede pedir? Estoy tan entusiasmada que no podré dormir.
¿Día 2? Manicomio, allá voy.
Tantas cosas han pasado que no sé ni cómo empezar. Bueno, sé cómo empezar: desde el principio. Lo que creo es que todavía no estoy preparada para asumir los acontecimientos. Aunque tarde o temprano lo tendré que hacer, y mejor temprano que tarde.
Ayer (si es que fue ayer), puesto que no podía dormir, me salí a dar una vuelta. Como por arte de magia, me encontré con Alexánder y Robert, o más bien me tropecé con ellos. No me lo esperaba, pero ellos me miraron como diciendo “esta tía nos ha seguido”. Cuando me disculpé, avergonzada, y me dispuse a seguir mi camino, Alexánder me dijo que les acompañara, aunque Robert le lanzó una mirada asesina. Qué hombre más seco, de verdad lo digo, aunque lo cierto es que me cae bien, supongo que porque es guapo. Las hormonas es lo que tienen.
Bueno, el caso es que todo iba bien, hasta que apareció el pesado de Carlos, y no tuvimos más remedio que soportar su compañía (por sus caras, creo que ninguno de ellos soporta a Carlos tampoco). Él me pidió que habláramos a solas, y yo acepté, pero solo para cantarle las cuarenta y pedirle (no, exigirle) que pasara de mí. ¡No va el tío y me dice que esos dos eran peligrosos! Me indigné, claro, pero quizás debí haberle hecho caso, después de todo. Le arreé el sopapo que me había guardado desde esa mañana y me fui con los otros.
Todo sucedió muy rápido. Carlos vino hacia nosotros y, de repente, apareció otro hombre (estoy segura de que no era de nuestro grupo de viaje) que empezó a hablar en un idioma extraño, como el élfico de Tolkien pero no tan melódico. Y empecé a sentir el cuerpo más ligero.
Cuando me desperté, estaba en algún lugar boscoso que no había visto antes y no parecía estar cerca del pueblo. Alexánder y Robert estaban pálidos, mirándome raro, y Carlos estaba inconsciente cerca de allí. Les pregunté dónde estábamos y me dijeron que esperara a que el petardo ese se despertara. Por suerte, no tardó mucho.
Luego van y nos cuentan una historia de película: estamos en un mundo distinto, paralelo a la Tierra, llamado Esmtezlia (creo que se escribe así), al que nos ha enviado mediante magia el tipo que hablaba como en élfico. Nosotros dos no deberíamos estar aquí, pero entramos en el radio de acción del hechizo cuando ya se estaba ejecutando. No podemos volver, porque el tipo se ha asegurado de que Alexánder y Robert, que en realidad son dos vampiros, no puedan regresar fácilmente. Creo que lo he contado todo con la mayor precisión. No hace falta decir que me reí de ellos y les llamé locos. Carlos, también, pero de una forma más grosera. Pero sus caras lo decían todo y les pedí que lo demostraran.
Pobrecitos, se han vuelto locos y a lo mejor recuperan la cordura si no pueden demostrar la historia, pensé.
Pero no les costó nada demostrar su historia. Se limitaron a señalar al cielo. Era de día, pero no era un cielo azul y despejado, como debería ser. No porque tuviera nubes, no, sino porque el maldito cielo estaba en gran parte ocupado por una enorme masa que parecía otro planeta. La Tierra, me dijeron. Yo les pregunté cómo era posible que desde la Tierra no se viera nada de esto. Y ellos van y me responden que porque este planeta está protegido de la vista humana gracias a la magia. Estupendo.
Una vez leí que, cuando a uno le comunican una mala noticia, pasa por muchas fases distintas. Yo creo que ya he pasado por todas. Carlos lo hizo antes y dijo que, si lo que habían dicho era cierto, no quería estar cerca de ellos cuando tuvieran ganas de cenar (aunque, según afirmó Alexánder, no nos iban a hacer daño), tras lo cual empezó a tirar de mí. Por desgracia para él, en ese momento me sentía iracunda y le arreé otro sopapo. Se fue y no ha vuelto. Ahora que lo pienso, si esto es cierto y estamos en un mundo extraño, no deberíamos haberle dejado marchar. Podría haberle pasado algo.
¿Por qué estoy tan tranquila? Bien, porque tras pasar todo el día por todas las fases posibles y haber llenado mi estómago con un pez que misteriosamente sabía a cerdo, amablemente pescado por Alexánder y Robert, los vampiros, he llegado a una conclusión. Hay dos opciones:
1.- Estoy soñando, y debo disfrutar de la historia hasta que me despierte. No es plan convertirlo todo en una pesadilla.
2.- Estoy inmersa en una de mis idas de olla, pero esta vez es tan real que me he vuelto loca de remate. En algún momento despertaré en el manicomio.
En cualquier caso, si me pongo histérica será peor. Así que mejor esperar con tranquilidad a que mi mente vuelva a la normalidad. Y pasármelo lo mejor posible. Gracias, papá y mamá, por criarme entre fantasías. Eso lo hará todo más fácil.
Día 3: Alguna que otra respuesta
Esta mañana, después de dormir muy, muy mal (daba igual dónde, siempre había una raíz o una piedrecita en medio, clavándose en mi cuerpo, por no hablar de la falta de almohada), me ha despertado el olor del pigfish (como me he tomado la libertad de llamar al pez con sabor a cerdo que parece ser el único alimento aquí), que el siempre atento Alexánder había cocinado para mí. No obstante, eso ha despertado mis sospechas: me ha hecho preguntarme si esto no sería como en los cuentos (después de todo parezco estar en uno) y si Alexánder y Robert no estarían cebándome para luego comerme cuando les diera el hambre. Siguiendo uno de mis impulsos, no pude evitar comentarles mis pensamientos.
Por suerte no se lo tomaron a mal y me explicaron algunas cosillas sobre los vampiros: sí, beben sangre, pero no necesariamente hasta matar a la víctima. Eso solo lo hacen los vampiros psicópatas y malvados, según me han dicho, muyyyy tranquilizador. Además, no contagian el vampirismo sin un ritual mágico, no sufren con el sol (ya me había dado cuenta) y son casi invencibles (se necesita mucha magia para acabar con ellos, pero se les puede neutralizar, aunque no me han dicho cómo), por lo que los métodos tradicionales no funcionan. Según palabras de Robert:
—Somos como la cúspide en la evolución del ser humano.
Vamos, que se creen Dios o algo así, aunque la verdad es que el lenguaje no verbal de Alexánder decía “esto es un asco”. El lenguaje no verbal de Robert no decía nada, porque no tiene. Seguro que, si juega al póker, gana siempre, tiene un autocontrol impresionante.
Bueno, la cosa es que después de apaciguar mi estómago pude empezar a preguntarme ¿y ahora qué? Afortunadamente para mí, los vampiros ya han pensado en eso. Me tocó escuchar una larga explicación sobre este mundo que intentaré resumir aquí. Al parecer, Esmtezlia siempre ha estado aquí, y, a diferencia de nosotros, ellos siempre han sabido de la existencia de la Tierra, pero mantienen el secreto ocultando mágicamente el planeta entero. ¿Cómo? Pues lanzando un hechizo masivo a los ojos de los terrícolas, que tiene narices.
Los vampiros, cómo no, son naturales de Esmtezlia, pero hubo uno que “cayó” en un portal a la Tierra. Lo malo era que el vampiro estaba decidido a no quedarse solo y empezó a transformar a todo el que pillaba. Los magos de Esmtezlia empezaron a discutir sobre eso (una discusión añadida a las ya de por sí grandes discusiones sobre vampiros) y se produjo un cisma (como el cisma de occidente en la Tierra, solo que con magos, no con curas). Unos magos (la Orden de los Cálidos) decidieron no hacer nada, mientras que otros (la Orden de los Fríos) empezaron una campaña contra los vampiros en general y ese en particular. Mataron muchos vampiros, según parece, antes que los Cálidos decidieran intervenir.
Para evitar una superguerra mágica que se habría cargado este mundo (y este mundo es Esmtezlia, no en vano estoy aquí y no en la Tierra) se firmó un tratado entre las órdenes: los Fríos (muy debilitados por su guerra contra los vampiros) se comprometieron a no matar a más vampiros a cambio de que los Cálidos les permitieran expulsar a todos los vampiros de la Tierra, porque estaban poniendo en peligro el secreto de Esmtezlia. Y así es como hemos acabado aquí, también es mala suerte.
De modo que debemos ir hasta una ciudad llamada Esalrtes (como no sé escribir ninguna de las palabras raras, las voy a escribir como me dé la gana, para eso es mi diario), donde se encuentra la sede de los Cálidos, para que nos manden de vuelta. Después de todo, el tratado no decía en ningún momento que los Cálidos no pudieran devolver a los vampiros a su planeta natal, y yo no soy un vampiro, sino una terrícola inocente, así que tanto unos como otros me lo deben. Por desgracia, al parecer está en otro continente y aquí no hay maravillas como los coches o los aviones. Ni siquiera tienen bicis, y no conocerían ni la rueda si no fuera porque los Fríos están viajando constantemente entre los dos mundos para cumplir su misión de expulsar a los vampiros.
Una cosa curiosa, al parecer el mapa de este mundo es exactamente igual que el de la Tierra, porque son universos paralelos. Por desgracia, la precisión de los mapas de aquí no es la de los de la Tierra. Además, durante el viaje nos tomaremos la molestia de buscar al imbécil de Carlos que, por suerte para él, se fue en la dirección que debemos tomar. No creo que nos crucemos con él, pero eso descargará un poco el peso de nuestras conciencias.
Nota: no me arrepiento de haberle pegado, solo de haberle dejado irse.
Día 4: Inicio del viaje a la ciudad de nombre impronunciable.
Hoy, por fin, he comido algo distinto al pigfish, pero casi que prefiero lo de siempre, porque esa especie de animal entre conejo y perdiz (un bicho horroroso, por cierto) no sabía demasiado bien. También nos hemos puesto en camino.
Si de algo me he dado cuenta hoy, es que en este mundo no funcionan las leyes de la naturaleza como en el nuestro. Las cosas son muy raras. Sin ir más lejos, nada más echar a andar vimos un árbol con patas, impresionante, pero no es un ser racional, como he comprobado cuando he intentado mantener una conversación con él y al rato empecé a escuchar las risitas de mis amigos, los vampiros. ¿Cómo iba a saberlo yo, si en los libros aparecen a menudo esa clase de seres? ¡Qué decepción!. A raíz del vergonzoso incidente (porque es vergonzoso intentar hablar con un árbol) he preguntado a Robert, que parece que es el que más sabe de este mundo, qué criaturas existen en este sitio. Por suerte, estaba por la labor de hablar (ya he mencionado algo sobre lo conversador que es, creo) y me ha dicho que aquí puedo encontrar elfos, hadas, duendes, dríadas, sirenas, enanos… Vamos, de todo menos árboles parlantes.
Me cuesta admitir que mi ridículo se ha incrementado cuando he pedido una pausa para tener un poco de intimidad (no necesito dar detalles) y he acabado perdida en este maldito bosque. Por suerte, los sentidos de los vampiros son muy agudos y me han encontrado fácilmente, aunque ahora no me dejan alejarme demasiado. Casi que mejor, porque mi orientación es una cualidad nula y, si me pierdo en una gran ciudad que conozco, con sus calles rectas, cómo no perderme en un bosque.
Bueno, sigo con el día, porque empiezo a divagar. Continuamos andando hasta que me di cuenta de que íbamos sin rumbo. Se limitaron a mirarme con cara de cachondeo (les debo de parecer una payasa, porque siempre se están riendo de mí) y Alexánder me explicó amablemente que sí que teníamos un rumbo, porque cada ciudad emite un resplandor mágico de distinto color que permite a todo ser mágico o a todo mago iniciado (no es lo mismo) saber el nombre de la ciudad y a qué distancia se encuentra del receptor de la emisión de color (vamos, que es una especie de cartelón sobrenatural que se ve a kilómetros de distancia).
Nos dirigimos a Kaiopksuhnm (impronunciable) porque es el resplandor más cercano y porque a lo mejor logramos que nos admitan en una caravana que vaya hasta Daoles, ciudad portuaria donde podremos coger un barco para llegar al continente donde está Esalrtes. Para situarnos: el continente en que estamos se corresponde con Europa y vamos a América. Más concretamente, estamos en el norte de Italia y debemos ir al oeste de Francia a coger un barco a Charleston, Estados Unidos, para llegar a Atlanta. Todo esto ANDANDO.
Cuando le pregunté a Alexánder cómo sabía tanto me dijo que se lo había contado Robert. Y, cuando pregunté a Robert, me miró como indignado y se limitó a responder que “porque ha estudiado”. Me tuve que tragar el preguntarle dónde ha estudiado esa clase de cosas, porque me dio la sensación de que ya había agotado su cupo diario de conversación. Pero me he prometido a mí misma que le sacaré más cosas.
Bueno, por lo menos Alexánder (¿he dicho ya lo increíblemente guapo que es?) sí me dio conversación y me enteré de que, a mi ritmo, llegaremos a la ciudad dentro de dos días. A mi ritmo, já, como si yo fuera pisando huevos. Entre las comidas, mis momentos de intimidad, mi conversación con el árbol y que me he perdido… nos hemos retrasado solo dos horas. Aunque, ahora que lo pienso, en teoría los vampiros son increíblemente rápidos. ¿Qué velocidad alcanzarán? Se lo preguntaré mañana a Alexánder (me reservo a Robert para las preguntas sobre Esmtezlia) pero ahora me voy a dormir, que menudo día.
Sígueme en…
O apúntate a la newsletter y no te pierdas nada.
¿Quieres seguir leyendo? Aquí tienes toda la información sobre Atrapada en otra dimensión

