Prólogo

El eclipse estaba en su punto álgido cuando nacieron y su padre sonrió, satisfecho, al ver que se trataba de gemelas, idénticas en todo salvo en el color de los ojos: azul celeste y azul marino. Era costumbre en el Reino que, cuando eran engendrados gemelos, la próxima pareja de sexo opuesto que naciera se emparejaría con ellos. Debido a esto, sus hijas serían las esposas del Príncipe Heredero y del Segundo Príncipe, un honor al que hubiera sido mucho más difícil aspirar de no haberse dado esa feliz circunstancia.

No obstante, los sacerdotes, que miraban con preocupación el fenómeno celeste, recibieron la noticia como un mal augurio. Los eclipses traían siempre calamidades al Reino y, cuando nacían gemelos durante los mismos, en la totalidad de los casos uno de ellos resultaba malvado o gafado. Dado que ambas niñas llegarían a lo más alto, al estar destinadas por la tradición a casarse con los príncipes, eso significaba que el Reino estaba en el filo de la navaja.

La Gemela Oscura

1

Hoglard despertó a Dante en plena noche, justo en la víspera de la coronación de su hermano Donoval, y le hizo vestirse con rapidez. Medio dormido, el príncipe preguntó qué era lo que ocurría y el sirviente se limitó a susurrarle que su vida estaba en peligro.

Dante nunca había querido creer que su gemelo deseara matarle para asegurarse de que nunca llegaría al trono. Desde que decidió sacrificarse y casarse con Eladil para que Donoval pudiera estar con Mirdeia, con la que estaría seguro, lo arregló todo para que su derecho al trono pasara directamente a su hermano menor. Había dejado todos los cabos tan bien sujetos que, aun en caso de que a Donoval le pasara algo, Dante seguiría fuera de la línea de sucesión en la que, en su momento, estuvo en primer lugar. De este modo, podían tener la tranquilidad de que la Gemela Oscura nunca accediera al trono.

No obstante, los rumores de que su hermano quería quitarle de en medio habían continuado y Dante no había podido evitar observar con inquietud el cambio de actitud de Donoval. Ese cambio era más preocupante desde la extraña muerte de su padre, pocos días antes. En consecuencia, no dudó en seguir las instrucciones de su sirviente de mayor confianza cuando le instó a huir y tuvo que aceptar que su hermano había decidido quitarle de en medio.

Vestido con la ropa más oscura que pudo encontrar y armado hasta los dientes, Dante siguió a Hoglard por los silenciosos pasillos del palacio, rumbo a los pasadizos secretos que había en el salón del trono. Habían emprendido la huida justo a tiempo: pronto se oyeron ruidos en sus aposentos y no tardaron en percibir los leves sonidos de las cotas de malla tintineando a sus espaldas, siguiéndoles.

Por desgracia, Donoval también había tenido en cuenta la posibilidad de que escapara por el pasaje y le esperaba con sus dos guardaespaldas en el salón del trono.

—Tienes que comprenderlo, hermano —dijo. Tenía grandes ojeras y el rostro pálido, con una mueca de desesperación pintada en sus rasgos, pero su mirada era resuelta mientras se explicaba—: No podemos permitir que ella se haga con el trono, y solo lo puede lograr a través de ti.

—Eladil se marchó a la Tierra, Donoval —intentó hacerle razonar Dante. Mientras, su sirviente atrancó la puerta del salón—. No va a volver, es imposible.

Su gemelo ahondó su mueca de tristeza e hizo un gesto a los guardias:

—No puedo arriesgarme… por el bien del reino, no puedo arriesgarme…

Dante se movió más rápido que los guardaespaldas de su hermano y logró acabar con uno de ellos antes de que el otro hubiera desenfundado del todo la espada. Hoglard ni siquiera tuvo que intervenir para ayudar a su señor: una vez en igualdad de condiciones, Dante no tardó en despachar al hombre que quedaba con gran habilidad y se dirigió hacia su hermano menor con la espada en alto:

—Apártate de la puerta secreta, Donoval.

Su gemelo se negó a moverse y el joven supo que no cedería. Dante dudó, sin saber qué hacer. Los soldados que habían ido a sus aposentos para darle muerte no tardarían en abrir las puertas del salón del trono. No quería hacerle daño a su hermano, pero desde luego no iba a dejarse matar por él, y eso era lo que ocurriría si permanecía en palacio.

No tuvo que atacar a Donoval, no obstante, porque el joven príncipe se llevó la mano al cuello un segundo antes de caer dormido bruscamente. Hoglard se encogió de hombros ante la mirada de su señor y guardó la cerbatana que llevaba siempre colgada al cuello.

—Despertará dentro de una hora con dolor de cabeza intenso, pero no le ocurrirá nada.

—Dentro de una hora, nosotros estaremos lejos —replicó el príncipe, y apartó el tapiz que ocultaba la entrada al pasaje de huída.

Antes de salir, Dante echó una última mirada a su hermano. Había renunciado a todo para salvarle de las garras de Eladil y el pago que recibía era una condena a muerte.

—No hay tiempo para pensar en cómo me hace sentir esto —se reprochó a sí mismo, en susurros.

Cuando los guardias consiguieron derribar las puertas del salón del trono, solo encontraron a su futuro rey inconsciente al lado de la pared y a sus dos guardaespaldas heridos de gravedad.

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novela corta ilustrada romántica paranormal Eladil, de la escritora Déborah F. Muñoz

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