Prólogo

—Venga ya, primo, ¡vuelve con mi grupo de incursores! —exclamó Yunke, mientras echaba a un lado un manojo de cables que había tratado, inútilmente, de desenmarañar—. Los dioses saben cuánto te necesito a mi lado en estos tiempos.

Roca, que trasteaba con un prototipo de motor que usaría polvo como combustión, resopló, cansado de escuchar siempre la misma perorata.

—Los Incursores del Ocaso no necesitáis a otro mecánico —contestó enfurruñado, sin dejar en ningún momento de usar sus herramientas—. Además, tú y yo no aguantamos sin discutir demasiado tiempo, ya viste lo que ocurrió la última vez.

—Está más que olvidado —replicó el otro enano, quitándole importancia a la disputa que había acabado con una pelea a puñetazos que destrozó el proyecto en el que trabajaban en ese momento, además del resto del taller—, además, necesito a alguien que me plante cara.

—Está olvidado. Pero no pienso volver a caer en lo mismo otra vez —dijo Roca, tajante. Si se había marchado de la banda de su primo era, precisamente, porque no soportaba tener que discutir a todas horas con él—. Con los Incursores de la Noche estoy bien, las decisiones que toma Ares casi siempre son las que tomaría yo. Y, lo más importante, no es tan cabezón como tú y reconsidera las cosas cuando alguien le hace notar que se equivoca.

—Bah, lo que pasa es que te gusta demasiado hacer experimentos con ese elfo nigromante y el clérigo humano.

—Eso también —asintió Roca, satisfecho. En ese momento, el motor hizo un sonido extraño y expulsó sobre su larga barba el polvillo blanco que había intentado que hiciera de combustible—. ¡Por los dioses, este motor es un quebradero de cabeza! —exclamó mientras limpiaba el visor de su casco de realidad aumentada, que se había ensuciado también.

—A quién se le ocurre. Polvo —gruñó su pariente, con desdén.

—Polvo hay en todas partes, primo —explicó Roca—. Si esto saliera bien, no tendríamos que preocuparnos nunca más por la falta de combustible o por quedarnos sin batería.

—Tú lo has dicho, si saliera bien. Menuda pérdida de tiempo…

La alarma de intrusos externa interrumpió el inicio de una larga disertación sobre qué podía ser combustible y qué no y, en menos de lo que dura un parpadeo, los dos enanos estaban de pie y empuñando sus armas.

—¡Salid de ahí, salid de ahí! —se escuchó la voz de PF a través de los auriculares del casco de Roca, que volvía a estar sobre su cabeza aunque no ofreciera más que una protección endeble: no estaba hecho para la lucha, sino para ayudarle con trabajos delicados como el que había estado realizando con su proyecto de motor.

—¿Cómo que salgamos de aquí? ¿Qué pasa?

—El ejército de muertos vivientes de Sombra se está levantando —exclamó PF, y repitió de nuevo que salieran de ahí cuanto antes. Los primos se apresuraron a obedecerla y comenzaron a retirarse hacia el recinto lo más rápido posible.

—¿No decías que el elfo estaba fuera? —preguntó Yunke, sin aminorar la marcha.

—¡El elfo está fuera! Ayer mismo se puso en contacto con la hacker desde la otra punta del continente —jadeó Roca, que también corría todo lo deprisa que le permitían sus cortas piernas.

No obstante, una vez fuera de su lugar de descanso, los esqueletos podían ser muy veloces y no tardaron en escuchar a sus perseguidores, que se acercaban cada vez más. La puerta estaba aún demasiado lejos y era poco probable que lograran alcanzarla a tiempo, pero había que intentarlo, así que redoblaron sus esfuerzos.

—Vayamos afuera, primo, me apetece un poco de aire fresco, primo —imitó sarcástico Roca a su pariente. Con lo que le gustaba estar a cielo abierto, nadie diría que Yunke era un enano puro, pero cuando estaba encerrado se volvía tan insistente que lo mejor era ceder y acompañarle al exterior.

—Si me hubieras dicho que había no-muertos en las inmediaciones, te aseguro que no lo habría sugerido —fue la única réplica.

Justo entonces, dos fantasmas les cortaron el paso. Los enanos no se amedrentaron y arremetieron contra las criaturas, a pesar del frío sobrenatural que les invadía por su cercanía. No obstante, la bajada del ritmo fue suficiente para que los esqueletos que les seguían les dieran alcance y los primos tuvieron que girarse para hacerles frente.

—Ese —dijo la voz espectral de uno de los fantasmas, que señaló a Yunke.

De inmediato, las criaturas ignoraron a Roca y se lanzaron a por el otro enano. A pesar de que ambos se defendieron con valor, pronto fueron superados y Roca acabó por perder de vista a su pariente. Aun así, siguió con la lucha hasta que la masa de no-muertos empezó a despejarse, bien porque se marchaban, bien porque les dejaba convertidos en un montón de huesos que ni la magia podía volver a reconstruir.

Al poco rato, los esqueletos que quedaban comenzaron a desmoronarse sin motivo aparente y el enano se dio cuenta de que estaba solo; no había ni rastro de Yunke. Lo esperanzador era, sin embargo, que tampoco estaba su cadáver a la vista, de modo que, fuera lo que fuera lo que querían de él, lo necesitaban con vida.

Horas después, Roca acababa de contarle todo lo ocurrido a Sombra, que había abandonado la reunión con su maestra en cuanto se enteró de que su ejército de no-muertos, el que pensaba utilizar para defender la base en caso de ataque, se había levantado sin su consentimiento y había secuestrado a Yunke.

Ares y Kati también acababan de llegar, pues interrumpieron sus pequeñas vacaciones con los elfos en cuanto se enteraron. No obstante, nadie había logrado localizar a Amanecer, algo nada sorprendente porque, siempre que se celebraba un concilio de clérigos como al que asistía esas semanas, estos se aislaban de todo lo demás para evitar interrupciones que les impidieran la óptima comunión con sus respectivos dioses.

—Se han llevado a mi primo, elfo —volvió a lamentarse Roca al finalizar su historia.

—Ajá —respondió, pensativo, Sombra. No sabía qué era más preocupante: si el hecho de que otro nigromante intentara aprovechar cadáveres de su propiedad para sus propios fines o que lo hubiera hecho justo cuando él no estaba cerca para evitarlo. Parecía demasiada coincidencia: su maestra casi nunca le hacía llamar para realizar hechizos conjuntos y, aunque era cierto que habían llevado a cabo un complejo ritual que requería la presencia de dos necromantes, ahora no estaba tan claro que tuviera otra finalidad que mantenerle ocupado mientras secuestraban al enano.

—¿Cómo ha podido pasar? —insistió Roca.

—A un nigromante experto no le supone ningún problema apropiarse de unos cuantos esqueletos que pertenezcan a otro, siempre y cuando disponga de tiempo y el legítimo propietario esté lo bastante lejos como para no percibir el robo —explicó el elfo, aún más sombrío de lo habitual.

—Pero, ¿qué podían querer de mi primo?

—Bueno, no creo que quisieran a tu primo, Roca —intervino PF, que revisaba las grabaciones de las cámaras exteriores en busca de pistas—. Han asaltado nuestra base, no la suya. Además, sois como dos gotas de agua, pero tú estabas cubierto con ese polvillo blanco que te hacía parecer un enano anciano y llevabas el casco puesto…

—Afrodita —dijeron al unísono Ares, Kati y Sombra, en cuanto el comentario de PF les hizo caer en la cuenta.

Hacía meses, Kati, en defensa propia, había fundido la mente a la mercenaria, dejando su cuerpo vivo sin alma. El elfo nigromante había aprovechado la circunstancia para crear, con la colaboración de Roca, un androide: el artilugio perfecto para negociar con los espíritus poderosos a los que convocaba, ya que les proporcionaba la posibilidad de volver a sentirse vivos si cumplían sus deseos sin protestar demasiado. Tras una primera experiencia descontrolada, en la que tuvo que intervenir la maestra de Sombra, ambos habían perfeccionado su creación y ahora no usaban el androide solo como instrumento de negociación para facilitar la colaboración de los muertos, sino también como protector de la base y como fuerza de choque en algunas incursiones.

—¡Pero si solo tiene valor por las circunstancias especiales del cuerpo de Afrodita! —protestó Roca.

—Si tienes los contactos adecuados o alguna empresa religiosa te respalda, no debe de ser tan complicado encontrar cuerpos sin alma: personas en coma, gente que ha propasado los límites de su magia pero no tenía familiares y amigos que reclamaran y protegieran su cuerpo… —reflexionó Ares.

—Pero ¿cómo pudieron saber que lo habíamos logrado? Solo unos pocos lo saben, y todos son de confianza —preguntó el enano. Se habían asegurado de mantener en secreto la verdadera naturaleza de esa especie de robot que utilizaban cada vez más a menudo en sus misiones y nadie fuera de su entorno más cercano sabía nada, ni siquiera otras bandas de incursores.

—Cualquier clérigo o mago puede averiguarlo si hace las preguntas adecuadas. Y, si un nigromante convoca a uno de los espíritus con los que he hecho tratos, es casi seguro que lo sabrá antes de que acabe la sesión. No obstante —Sombra dudó antes de continuar—, lo más sensato es pensar que es cosa de mi maestra.

Los incursores reprimieron un escalofrío. Solo habían visto una vez a la maestra de Sombra, una lich que no parecía del todo cuerda, pero había sido suficiente para que ninguno de los presentes deseara volver a estar cerca de ella jamás.

—¿Por qué iba tu maestra a querer contárselo a nadie? Creía que los liches se pasaban la no-vida buscando formas de hacerse más poderosos y de evitar que sus cadáveres se descompongan —bufó el enano, sin entender para nada las verdaderas implicaciones de la afirmación del elfo.

—Dejando a un lado tus desacertadas suposiciones sobre lo que hacemos los nigromantes después de morir —replicó Sombra, fulminando con la mirada al mecánico—, te diré que lo más probable es que sus intenciones sean las contrarias a lo que has dicho. No quiere contárselo a nadie. Quiere replicarlo para usarlo en su propio beneficio. Y para eso necesita un mecánico. Pero no está muy bien conectada con el resto del mundo, de modo que fue a por el único con el que se ha topado, que casualmente también es el único que ha logrado crear un androide que funciona.

—¿Me estás diciendo que mi primo está en manos de esa… esa…

—Lich. Sí. No es seguro al cien por cien, pero de lo que no hay duda es de que me llamó a su lado sin un motivo de peso mientras un nigromante anónimo venía a por ti. Me atrevería a decir que ese necromante es su nuevo aprendiz, al que aún no he tenido el dudoso honor de conocer.

—¡Pues vayamos a por ella! Atacaremos su mausoleo y no dejaremos piedra sobre piedra —exclamó Roca, tan preocupado y aterrado como furioso y decidido a rescatar a Yunke.

—Aunque me encanta tu optimismo, Roca, no es tan simple. A estas alturas puede estar en cualquier lugar del mundo, ya que los liches no están atados a ningún sitio salvo que así lo decidan. Y, aunque ese fuera el caso, no soy capaz de imaginar una situación en la que podamos derrotarla, ni aun uniéndonos a la banda de Yunke que, apuesto lo que sea, insistirá en participar en el rescate.

Las palabras de Sombra tenían un componente de verdad que dejó a los incursores pensativos y abatidos. No obstante, ninguno, incluido el nigromante, estaba dispuesto a dejar desamparado a Yunke. Así pues, aun incluso sin tener un plan, se pusieron en contacto con los Incursores del Ocaso y comenzaron a prepararse.

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Hace mucho que Sombra vive con el estigma que supone ser un elfo que practica la nigromancia. A pesar de ello, lleva una vida más o menos plena desde que se incorporó a los Incursores de la Noche: ahora es aceptado, practica sus artes oscuras sin intromisiones, tiene ayuda para realizar sus experimentos más macabros mezclando alta tecnología con distintas magias y su amante hace menos dura su soledad…
No obstante, ese status quo comienza a derrumbarse cuando la lich en que se ha convertido su maestra, en su deseo por replicar al androide que crearon él y Roca, secuestra al primo del enano y tienen que rescatarle sin la presencia de Amanecer, lo que les obliga a solicitar la colaboración de otro clérigo al templo de los elfos. La enviada no es otra que Eithoniel, su seleen inima, que le odia y ha jurado acabar con él desde que renunció a su vida como joven y prometedor sacerdote para comenzar su aprendizaje de las oscuras artes de la necromancia.

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