La tribu estaba convencida de que lo que les separaba de la espiritualidad era su cuerpo. Cada vez que los adultos pecaban, los sacerdotes les realizaban la ablación de uno de sus miembros. El miedo a perder sus extremidades les llevaba a pecar poco y a ser una comunidad tranquila, pero a todos les faltaba algún que otro dedo. A veces, era inevitable mirar con lujuria a otro, o sentir gula o envidia, y los clérigos siempre detectaban esas faltas.

Eran una comunidad aislada por el miedo que sentían los demás a sus extrañas costumbres. Por eso se sorprendieron cuando llegó el extranjero, de casi cincuenta años, y vieron que estaba completo. Inmediatamente dedujeron que era un santo y, sin más preguntas, le pusieron al frente de sus sacerdotes, que también habían pecado en mayor o menor medida, y que a partir de entonces comenzaron a morir en extrañas circunstancias.

El extranjero, que era un prófugo condenado a muerte por asesinato múltiple en su tierra, pensó que su suerte no podía ser mejor. En su condición de santo, había sido capaz de deshacerse de los sacerdotes que descubrían sus deslices sin parecer sospechoso. Ahora se limitaba a disfrutar de sus privilegios. Lo que no sabía era que en el pueblo estaban preparando su ascenso a la espiritualidad pura, y que para ello tendrían que arrancarle, miembro por miembro, todas las partes de su cuerpo.

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