Los amantes se encontraron en el jardín de la mansión. La música les envolvía y empezaron a bailar suavemente, muy pegados, mirándose a los ojos con ternura.

Cuando las últimas notas se perdieron en el silencio, los dos suspiraron con tristeza. El marido de ella probablemente la estuviera buscando y, para los amigos libertinos de él, sería sospechoso que no estuviera en el salón de baile, coqueteando y buscando seducir a alguna dama lujuriosa con la que pasar la noche, así que tomaron caminos separados y entraron en el salón por puertas distintas.

Nadie se había dado cuenta, al igual que nadie percibió la mirada de complicidad que intercambiaron cuando se cruzaron y se saludaron con frialdad

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