Se enamoró de ella nada más verla. Por desgracia, estaba en el otro andén y su tren llegó antes de que pudiera subir y bajar las escaleras para llegar hasta allí.
No la volvió a ver hasta la semana siguiente, a la misma hora y en el mismo andén. Se miraron fijamente y ella le sonrió. No lo dudó un segundo y volvió a correr al andén contrario, pero el tren volvió a llegar antes de poder alcanzarla.
La semana siguiente estaba preparado. A costa de llegar tarde al trabajo, se plantó en el andén contrario. Llegó la hora, pero ella no apareció. Suspirando tristemente, miró cómo el tren que le hacía llegar puntual llegaba y desaparecía por el túnel.
Entonces abrió los ojos asombrado. Había una única persona en el andén contrario. Era ella, sonriendo con timidez. Sin dejar de mirarse, subieron las escaleras al unísono, sin arrepentirse de llegar tarde.
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Este relato lo escribí de forma automática en agosto de 2011. También me grabé leyéndolo en voz alta aquí.



