Era una mañana despejada, algo raro en la tierra de Andino, y Korth disfrutó con la sensación de la luz de los soles sobre su rostro. Esa tierra era un hervidero de demonios por las pocas horas de insolación al año, así que el experimentado cazademonios agradecía poder descansar una mañana.
Salió del refugio que había elegido la noche anterior y decidió que disfrutaría de todo el sueño que tenía acumulado en el exterior. Anuló casi todas las defensas mágicas que consumían parte de su energía, que no necesitaba mientras estuviera a la luz de los soles, y se tumbó en un prado para disfrutar del resto de horas de sol y luego decidió dar un paseo tranquilo.
El ambiente tétrico de Andino, con un poco de luz, daba paso a una belleza sin igual. Como en un sueño, se sumergió en esa belleza hechizante, hasta llegar a un enorme lago que resplandecía bajo los rayos de los soles.
Una mujer hermosa estaba en la orilla, con los pies sumergidos en el agua. No podía ser un demonio, pues estaba recibiendo los rayos del sol directamente. Así pues, se acercó, tan embobado que olvidó que todas sus protecciones estaban anuladas.
Hasta que fue demasiado tarde, cuando ella se transformó y le atrapó bajo un hechizo inmovilizador, no recordó que sí existía una especie de demonio que podía recibir la luz del sol… si el agua la protegía. Una especie que él creyó haber borrado del mapa tras un intenso combate cien años atrás.
En cierto modo, lo tenía merecido. Había olvidado las dos grandes reglas de los cazademonios: no has de sentirte nunca seguro y nunca te acerques a una mujer hermosa sin protección, especialmente si está sola y en un lugar poco apropiado…
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Este es uno de los primeros relatos que publiqué, allá por diciembre de 2008, aunque recibió algún retoque posterior
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