Había pillado al ilustre conde de Marandas en un lugar indecoroso haciendo cosas impropias de su distinguida ralea e iba a aprovecharse de ello. Puso precio a su silencio: Marco, el indómito primogénito de conde (heredero de su grandísima fortuna), debía casarse con su hija Clara.

El noble no tuvo más remedio que aceptar, y el chantajeador sonrió satisfecho, ya que ella nunca hubiera conseguido tan buen partido por sí misma. Aun así, temía que el iracundo heredero, en vez de plegarse con docilidad a los deseos de su padre para no perder su estipendio anual, intentara atentar contra él.

No se tranquilizó hasta que se formalizó el compromiso. Lo que no tuvo en cuenta era que la verdadera amenaza vendría desde dentro: su propia hija, que había sido educada en el odio hacia su padre por una madre que se había visto forzada a un matrimonio sin amor, conspiró con su prometido. Marco le proporcionó los fondos necesarios con los que comprar un potente veneno, que Clara le administró a su padre una semana antes de la boda. 

Muerto el padre, la excusa del luto hubiera sido suficiente para anular el compromiso. No obstante, Marco apreció la sangre fría con que Clara había envenenado a su padre y a ella le gustó que él hubiera escuchado su plan y pusiera a su disposición todo lo necesario para llevarlo a cabo sin rechistar. Además, para qué engañarse, desde el primer momento había habido entre ambos una extraña atracción

Así pues, aprovecharon el luto para conocerse mejor y, al finalizar, decidieron casarse, para disgusto del conde, que ya no veía necesidad de casar a su primogénito con una mujer de tan poca valía. Por suerte, Clara fue muy previsora y se había asegurado de hacerse con las pruebas que condenaban a su futuro suegro antes de deshacerse de su padre, de modo que la boda siguió adelante y no tardaron en convertirse en el matrimonio más interesante de la alta sociedad.

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