Coponevado empezaba a ponerse muy gorda y temía que eso hiciera mella en su autoestima, como le había pasado a Mariché, una compañera de clase. Tobías no quería que su amiga peluda se sintiera mal porque, aunque tuviera unos kilos de más, era la gata más bonita del mundo

Por eso, intentó obligarla a hacer ejercicio. Fue una misión imposible: no había manera de hacer que se moviera, y no podía darle solo la mitad de la comida porque se ponía insoportable, así que convenció a su madre para que la llevara al veterinario.

—Dime, Tobías, Coponevado no habrá tenido contacto con otros mininos, ¿verdad? —preguntó el veterinario en cuanto la vio.

Tobías le explicó que, como no quería que se sintiera sola como la abuela Josefina, una vez a la semana llevaba a su mascota a jugar con el gato de su amigo Miguel.

—Pues ya no se sentirá sola nunca más, porque está a punto de tener una camada.

Tobías se alegró mucho y no tardó en llamar a Miguel para contárselo, pero él le dijo que ni hablar, que su gato era suyo y no le iba a mandar a vivir con Tobías y Coponevado solo porque ella se hubiera quedado embarazada.

Así pues, el niño sacó de la hucha todos sus ahorros y se compró un libro sobre la parternidad. No quería que Coponevado fuera una madre soltera, como la suya, y, a pesar de que se sentía un poco joven para ejercer de padre, aunque fuera de animales de otra especie, tenía que estar preparado.

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