Cupido siempre se pone de muy mal humor cuando llega San Valentín. De entrada, él es un dios griego ¿Por qué, entonces, se le representa siempre en una festividad cristiana? Y, para colmo, una festividad cristiana que en principio era el día de la amistad, pero que fue convenientemente institucionalizada por los grandes almacenes.

Aunque claro, se tiene que dar con un canto en los dientes, porque a él, aunque de esa forma indirecta y retorcida, aún se le adora y se le representa, no como a la gran mayoría de los dioses griegos, a los que solo se hace caso cuando hacen una de esas absurdas películas que revisan los mitos antiguos. Todos ellos, al dejar de tener fieles, habían ido perdiendo sus poderes poco a poco, mientras que él sigue tan fresco como siempre, porque siempre hay personas (mayoritariamente mujeres) que rezan para que él aparezca y les traiga el amor.

Todo eso estaría muy bien si no fuera porque le representan siempre como cuando era pequeño y se dedicaba a ir en pañales disparando flechas con su arco de juguete. Cada vez que ve una de esas figuritas, se pone furioso y le dan ganas liarse a flechazos, pero con flechas de verdad, en vez de esas mariconadas que usaba por esos tiempos, que no imponían ningún respeto.

¡Él es un hombre, por todos los dioses! Y un hombre increíblemente sexy, bien vestido, que atrae la mirada de todas las mujeres a su paso y de la mayoría de los hombres, aunque estos no se atrevan a reconocerlo ni ante sí mismos. ¡Estúpidos artistas! ¿Qué pensaban, que su amada Psique se habría casado con un infante en pañales?

Hace ya tiempo que dejó de creer en el amor verdadero, más concretamente desde que su esposa se había separado de él. Él la seguía queriendo como el primer día, pero estaba seguro de que ella había dejado de amarle en cuanto puso el pie en el Olimpo y su superficial mirada constató que todos los dioses estaban igual de buenos que él.

A eso conducía el amor, al dolor del desengaño. Por eso, ahora se cuida mucho de disparar sus balas (ahora usa una pistola automática, que es más estética y fácil de usar) a los dos integrantes de la pareja y no solo a uno. Así se asegura de que el que no ha sido alcanzado por sus flechas no se cansará de su compañero y le dejara solo y desolado, como Psique había hecho con él.

Ya ni siquiera lleva alas de ángel. Se había hartado de ellas y había decidido cambiárselas por otras más modernas y actuales. Más concretamente, por alas de plumas metálicas. Pesan más, pero también sirven como armas y escudo para enfrentarse a los indeseables que le persiguen para robar su inmortalidad, o para vengarse por haber enamorado a quien no debía de quien no debía. Aunque claro, casi nunca las necesita. Solo tiene que disparar una de sus balas para que los muy incautos, que generalmente no se preparan llevando el único antídoto conocido para ellas, el nenúfar, se enamoren locamente de él y se maten entre sí.

Caminando por la calle, percibe que algún otro dios está siendo atacado por uno de esos monstruos. Se siente tentado de dejarles acabar el trabajo, porque ya no se lleva bien con ninguno de los dioses de su panteón, pero pone los ojos en blanco al darse cuenta de que probablemente esos tipos fueran a por él.

—En mi territorio y en san Valentín, cuando soy más poderoso que nunca. ¡Lo que me faltaba por ver! —gruñe, ofendido porque tanto sus enemigos como algún idiota habían decidido ir en su busca en una fecha tan señalada.

Por otro lado, tiene curiosidad por ver qué dios se ha adentrado en su territorio y qué quiere de él. Con ellos es con los únicos con los que usa sus balas a discreción, por diversión, y no duda en acceder a sus caprichos y enamorarles entre ellos, provocando así grandes discusiones.

Se acerca lentamente a los ladrones de poderes y observa que casi han logrado reducir a su víctima, así que salta sobre ellos y, furioso, decide tirar al suelo su pistola y darles una buena tunda para descargar su mal humor. Extiende sus alas y comienza el baile mortal, que acaba con ellos en pocos minutos. Luego, cubierto de sangre, se dirige hacia la víctima y se le para el corazón al ver que se trata de Psique, tan hermosa como siempre.

—Te echaba de menos —dice ella, con lágrimas en los ojos.

—¿Qué? ¿Ya te cansaste de retozar con los demás dioses del panteón? ¿O es que su debilidad actual no te atrae? —pregunta irónico.

—Nunca hubo ningún otro —afirma Psique—. Estabas tan resentido… ya no eras el hombre con el que me casé, y yo no era la misma tampoco. Dos mil son muchos años de estar juntos, necesitaba tiempo para pensar y encontrarme a mí misma, pero he descubierto que no quiero vivir sin ti.

—No sé si podré perdonarte. Me hiciste daño y no puedo volver a confiar en ti —responde él, aunque en el fondo quería hacerlo.

—Por favor, Cupido. Es san Valentín, el día del amor —suplica ella. Pena que hubiera elegido precisamente esas palabras para pedirle otra oportunidad.

—Parece que no me conoces lo suficiente. Por si no lo sabes, este día es una estupidez. Una estupidez que me hace más poderoso cada año mientras los demás languidecen, pero que no deja de ser ridícula —bufa Cupido—. Yo ya no creo en el amor.

—Lánzame una de tus flechas, si no me crees. Yo ya te amo, no me afectarán lo más mínimo.

—Yo ya no uso flechas, corazón. Solo balas —dice fingiendo indiferencia mientras registra los cadáveres de los idiotas que se habían atrevido a atacar a su amada, que llora en silencio. Entonces, siente cómo una de sus balas le alcanza y se gira indignado para arrebatarle furioso a Psique el arma que le ha robado—. ¿Cómo te atreves, maldita?

—Sigues amándome —afirma ella—. Si no lo hicieras, habría cambiado tu comportamiento cuando te disparé. Pero conseguiré que vuelvas a abrirme tu corazón.

—Te reto a que lo intentes —responde Cupido, todavía airado. Luego, extiende sus alas de metal y echa a volar.

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