El mago acabó de dibujar la trampa, una enorme y compleja figura que superponía varias estrellas de cinco puntas, y colocó al conejo en su centro. Luego, se puso en el centro de la arista principal, la que apuntaba al norte, y comenzó a salmodiar.

Nada más acabar de pronunciar la última sílaba del encantamiento, el animalillo se desintegró con un fogonazo. Luego, abandonó su posición y comenzó a obligar a otros seres vivos a entrar dentro de la figura. Todos se desintegraban en cuanto alcanzaban el centro del círculo.

El conjurador sonrió. Era el encargado de custodiar la torre y sus alrededores durante las vacaciones, lo que le permitiría dibujar a gusto la misma forma pero a gran escala en el suelo de los jardines de la escuela. Luego, solo tendría que esperar a que todos los magos poderosos volvieran a la torre, cuyo interior estaría justo en el centro de la figura. Así, por fin, se convertiría en el único hechicero poderoso del reino.

Sígueme en…

O apúntate a la newsletter y no te pierdas nada.

¿Buscas lecturas de fantasía?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *