El mago acabó de dibujar la trampa, una enorme y compleja figura que superponía varias estrellas de cinco puntas, y colocó al conejo en su centro. Luego, se puso en el centro de la arista principal, la que apuntaba al norte, y comenzó a salmodiar.
Nada más acabar de pronunciar la última sílaba del encantamiento, el animalillo se desintegró con un fogonazo. Luego, abandonó su posición y comenzó a obligar a otros seres vivos a entrar dentro de la figura. Todos se desintegraban en cuanto alcanzaban el centro del círculo.
El conjurador sonrió. Era el encargado de custodiar la torre y sus alrededores durante las vacaciones, lo que le permitiría dibujar a gusto la misma forma pero a gran escala en el suelo de los jardines de la escuela. Luego, solo tendría que esperar a que todos los magos poderosos volvieran a la torre, cuyo interior estaría justo en el centro de la figura. Así, por fin, se convertiría en el único hechicero poderoso del reino.
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Escribí este relato en marzo de 2016 con las palabras de Vuestras consignas, mi relato. Eran: arista, conejo y vacaciones y las proporcionaron ChicaLetra, Judith y Violeta.
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