Gálivich no era un troll como los demás. Tenía una visión de los negocios totalmente contraria a la de sus congéneres, que apostaban por las tradicionales amenazas a los transeúntes de sus puentes, por comerse a los que no le pagaban la cuota correspondiente y por guardar ese dinero en el banco de los leprechaum nada más llegaba a sus manos.
Gálivich se había dado cuenta tiempo atrás de que los viajeros estaban cada vez más hartos. Últimamente no era raro que llegaran a los puentes armados, dispuestos a luchar contra los trolls para no pagar con oro o con su vida. Así que había apostado por ser amable, pedirles una tasa en función de su clase social para que todos pudieran pagar fácilmente, dejar el paso gratis a los bardos para que corrieran la voz e invertir los beneficios en hacer mejoras en el puente y en la calzada que conducía a él.
Cuando su puente se había ido haciendo más popular y transitado, incluso había permitido a un par de humanos levantar una posada justo al lado a cambio de que le llevaran la cena todos los días. Era, desde luego, más cómodo y delicioso que tener que matar algún hombre o bestia y comérselo crudo.
Pero sus semejantes no lo veían así. Cuando sus habituales transeúntes comenzaron a cambiar su ruta para pasar por el puente de Gálivich (más barato y con una calzada lisa en la que los carros no se atascaban, por lo que recuperaban el tiempo perdido en el rodeo) fueron a verle para que volviera al antiguo sistema.
Gálivich ya sabía que su negativa iba a tener consecuencias. Lo que no imaginaba era que su innovación, que él consideraba imprescindible para la supervivencia de su raza a largo plazo, iba a tener como consecuencia la extinción de la misma en cuestión de un par de días. Porque cuando los trolls de todo el país decidieron unirse para ir a por el renegado, matarle, y destruir tanto su puente como la calzada y la posada que había en las inmediaciones, los humanos reaccionaron con gran rapidez.
Para cuando los trolls llegaron a su destino, Gálivich y sus posesiones estaban protegidos por un ejército. Los monstruos no se amedrentaron; si se echaban atrás, los humanos les perderían todo el respeto que les tenían.
Dos días después, los pocos trolls que quedaban se retiraron. Y los humanos se envalentoraron, les persiguieron y liberaron todos los puentes. Sólo dejaron que se quedara con el suyo Gálivich, ofreciéndole todos los documentos con los derechos de propiedad como si de un humano se tratase. A pesar de las buenas intenciones, eso no le sacó de la terrible tristeza por ser el responsable de la muerte de su gente.
Esa es la razón por la que ya no hay trolls. Y la razón por la cual este puente, el único de pago que queda, se encuentre en la mejor ruta comercial del país. Gálivich murió de viejo hace mucho, pero dejó bien claro que quería que sus herederos, los humanos que levantaron la taberna junto a su puente, siguieran cobrando a los transeúntes e invirtiendo el dinero en mejorar tanto su estructura como sus accesos.
Nosotros, como herederos de sus herederos, debemos velar para que esta historia no se olvide. Porque, si se olvida, los humanos quedaremos tan atrapados en las tradiciones como los trolls, combatiremos las innovaciones que podrían salvarnos y nos extinguiremos.
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Otro proyecto más de Adictos a la escritura de abril 2014. Este consistía en hacer un relato basado en un personaje concreto y yo he elegido: Gálivich: un troll que vive debajo de un puente.
La verdad es que, para variar, le quería dar la vuelta a la idea del troll que vive bajo un puente. Y no sé por qué me da que me vi influenciada por la biografía de Steve Jobs, que es lo que me estaba leyendo en el momento de escribir este relato, en lo que se refiere a las ideas sobre innovación… Yo creo que no quedó mal pero… juzgad por vosotros mismos ^^.
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