Como pensaba que Manolo era un zoquete de primera, René, que era un poco zascandil, había decidido sacar provecho y convertirse en su mejor amigo. No obstante, por alguna razón ninguna de sus jugadas con Manolo salían como esperaba: le había engañado para que le vendiera una pieza de coleccionista por una miseria solo para descubrir que era una falsificación, le había cambiado el cochazo que heredó por el suyo, que ya tenía un par de años, solo para encontrarse con que tenía que pagar una barbaridad para arreglar y poner a punto su nueva joya… y un largo etcétera.

Desalentado, René se lo tomó como una advertencia del karma: tenía que dejar de engañar a Manolo o le seguiría ocurriendo lo mismo.

En cuanto dejó de intentar timarle, a Manolo ya no le interesó su amistad: su aspecto de tonto escondía a un estafador de estafadores y, ahora que el otro había empezado a ser honrado con él, había perdido el único incentivo para seguir aguantando sus payasadas.

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