Ada pertenecía a una corte extranjera y deseaba ser reina. No llevaba mucho tiempo allí, pero sabía que, si lograba yacer con el futuro rey de ese reino, aunque solo fuera una vez, su honor le impelería a casarse con ella. Así pues, sobornó a una de las criadas del príncipe para que untara sus ropas con un ungüento que mataría todas sus inhibiciones y despertaría su pasión hasta tal punto que no pensaría en otra cosa que no fuera en satisfacer sus deseos.

Se había asegurado de que no hubiera ninguna mujer bella en la corte ese día y, cuando entró su objetivo, se puso bien a la vista, pero pronto descubrió que no la miraba a ella, sino al amanerado bardo que amenizaba la velada. Pasado un rato, el príncipe se acercó a él y le susurró algo al oído, tras lo cual, con disimulo, desaparecieron ambos por una puerta lateral.

Rabiosa, Ada no perdió detalle y comprendió por fin por qué todos sus intentos por seducirle habían sido en vano. No estaba todo perdido: el conocimiento es poder, y ella sabía algo muy jugoso con lo que podría sobornarle y lograr su objetivo de todos modos, aunque con la ventaja de no tener que acostarse con él.

Para su desgracia, no había investigado demasiado las costumbres de ese país, donde la homosexualidad no estaba mal vista, así que, cuando intentó hacer su chantaje, solo consiguió una carcajada y que la metieran en el primer barco de vuelta a su país.

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