El viejo médico daba mucho miedo a los niños: siempre de negro, siempre con una bandada de cuervos a su alrededor. Los adultos siempre les tranquilizaban, ya que a pesar de su apariencia era un doctor excelente, capaz de curar de cualquier enfermedad a todo el mundo. Decían que los cuervos le acompañaban solo porque les alimentaba desde que eran polluelos y no porque fuera un monstruo, como creían los pequeños.

Lo que los mayores no percibían era que por cada paciente salvado otras dos personas iban perdiendo las fuerzas y se profundizaban sus arrugas, como si envejecieran un poco cada vez que el doctor realizaba sus sanaciones. Por eso el médico no solía acercarse a los chiquillos, si les arrebataba la fuerza vital se notaría demasiado.

Los adultos tampoco se habían dado cuenta del cambio que había sufrido Dilon, un joven adolescente de gran vitalidad al que el viejo había contratado como ayudante. Ahora era apenas una sombra, apático, siempre serio. Eso no les preocupaba, sin duda, había madurado.

Pero la fachada del doctor no podía durar mucho más. Cuando la epidemia de gripe atacó, se vio en un serio aprieto: prácticamente todos estaban enfermos. No podía robar la fuerza vital de los pocos sanos que quedaban, porque en cuanto lo hacía éstos se debilitaban y eran atacados por la enfermedad. Desesperado, lo intentó con los niños, pero éstos estaban en guardia y no permitieron que les cogiera.

Incluso delirantes de fiebre, los adultos no pudieron dejar de advertir lo anormal del comportamiento de su doctor, que se dedicaba a perseguir a los niños en vez de curar a los enfermos. Incluso llegó a ordenar a sus cuervos que acorralaran a los chiquillos para poder llegar hasta ellos y robarles las fuerzas.

Así pues, los pocos que aun tenían fuerzas para levantarse se dirigieron hacia él con cualquier cosa que pudieran usar como arma. Sus siniestros animales se volvieron locos e intentaron atacarles, pero finalmente el viejo se marchó por el nevado sendero y nunca más regresó.

Algunos murieron ese invierno, ya que el joven Dilon, al que se veía más enérgico desde que su maestro desapareció, no tenía la pericia del doctor. Pronto, los supervivientes comenzaron a lamentarse porque habían hecho que se marchara el mejor médico que podían encontrar, y achacaron lo que vieron a los delirios producidos por la fiebre.

Pero los niños siempre sabrían la verdad. Cuando muchos años después apareció un viejo de negro acompañado por una bandada de cuervos para ofrecer sus servicios como médico, ni siquiera hizo falta discutir el asunto para decirle que volviera por donde había venido.

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