El mago necesitaba a un dragón para hacer su conjuro secreto, aquel que acabaría con todos los enemigos de su gente, pero esas criaturas estaban prácticamente extintas y el resto de magos acabó por tomarle por loco, tanto que lo expulsaron de su orden por miedo a que su obsesión les pusiera en peligro a todos.

No desistió: buscó a los dragones en tierras lejanas, vendiendo sus habilidades como un vulgar mago de feria para poder costearse la expedición, que se alargó varios años. Pero al fin, tras tantos años de penalidades, les vio a lo lejos.

Una risa siniestra hizo eco en las montañas y los dragones huyeron, pero no iba a darse por vencido ahora que estaba tan cerca. Lanzó un proyectil mágico a uno, que lo esquivó a duras penas, justo antes de perderse en el horizonte. No obstante, fue suficiente: su hechizo le había arrancado un trozo de piel, justo lo que necesitaba para realizar el conjuro que llevaba años deseando realizar.

El mago preparó su conjuro para acabar con los enemigos de su gente, pero en el último momento cambió de idea. Los magos le habían expulsado y humillado, así que les correspondía a ellos el honor de ser el objetivo del hechizo. Lo único que oyeron antes de desaparecer fue su risa siniestra.

Sígueme en…

O apúntate a la newsletter y no te pierdas nada.

¿Buscas lecturas de fantasía?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *