Soñaba con entrar como alumno a las altas torres de hechicería, pero no había ni una gota de magia en su interior. Aun así, descubrió la forma de acceder a ellas. Los magos estaban siempre demasiado ocupados en sus hechizos y necesitaban una legión de sirvientes para hacer tareas mundanas como cocinar o limpiar. 

No le fue difícil conseguir el trabajo, porque el miedo a la magia de la gente corriente siempre provocaba escasez de personal, a pesar de que el sueldo de los criados de las torres era mucho mejor que en cualquier otro lugar. Sin embargo, acceder a las torres no le acercaba a su sueño de ser mago.

Pronto se cansó de subir y bajar escaleras para limpiar, así que comenzó a hacer algo que tenía prohibido desde el primer día: acceder a los laboratorios vacíos sin la aprobación de un mago y la supervisión de un aprendiz. 

Todo fue bien durante meses: pudo curiosear a su antojo y nunca pasó nada malo, de modo que decidió dar un paso más y entrar a los estudios privados de los magos de más renombre. 

Quizás le hubiera salido bien la jugada si no hubiera sido tan confiado y tan inconsciente. Cuando vio la extraña alfombra peluda y moteada, no se le ocurrió rodearla. Decidió pasar por encima para consultar el manuscrito abierto que había en el otro lado de la habitación. Ni siquiera tuvo tiempo de percatarse de que iba a morir: en cuanto estuvo de pie sobre la criatura, esta se expandió, lo envolvió y lo disolvió en menos de lo que dura un suspiro.

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Dados que inspiraron la historia, con un planteamiento de torres, un nudo de escaleras y un desenlace con una especie de bacteria.

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