El viejo se escondió en lo alto, sobre una de las vigas: estaba tan delgado que, si no se movía, los romanos nunca podrían verle. No tenía ningún interés de convertirse en un mártir ni en someterse con tranquilidad al exterminio de cristianos a manos de los leones del circo, así que, en cuanto se dio cuenta de que los soldados venían a por ellos, abandonó al resto de su gran familia a su suerte y buscó refugio hasta que todo pasara. 

Por desgracia para él, después de capturar a su descendencia, los romanos decidieron hacer noche allí mismo y uno de ellos colocó su jergón justo bajo su viga. De haber sido un mozo, no hubiera habido problema alguno, pero llevaba años sin controlar bien su vejiga y tantas horas ahí le estaban pasando factura. Aguantó las ganas de hacer pis todo lo que pudo, pero finalmente no pudo reprimirlas y regó la boca del soldado sin poder evitarlo. 

A la mañana siguiente, los romanos partieron con sus prisioneros hacia el circo, dejando atrás el cadáver de un viejo al que habían dado una terrible paliza.

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