Hacía frío y la arena que arrastraba el aire del desierto le hacía daño, pero Alaury no se detuvo. Las estrellas eran su guía; la luna, su lámpara.

Cuando llegó al punto donde debería estar la ciudad perdida, no encontró más que dunas, aunque eso no le desanimó. Impaciente, realizó un rápido conjuro para despejar la arena y desenterrar ese lugar tan repleto de tesoros.

Lo que no había tenido en cuenta era que también desenterraría a los demonios que habían provocado el abandono de esa ciudad. Eran criaturas de oscuridad y estaba a punto de amanecer, pero tuvieron tiempo suficiente para hacer que deseara no haber nacido antes de que los primeros rayos les obligaran a volver a enterrarse para esperar a que un nuevo incauto diera rienda suelta a su avaricia.

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