Un arabesque perfecto seguido de una fouetté coordinada al milímetro finalizan la magistral actuación. El público aplaude entusiasmado y los bailarines comienzan a hacer reverencias que desafían a la gravedad. En cuanto se baja el telón, todos se quedan rígidos y comparten una mirada de terror.
Cualquiera lo daría todo por pertenecer a la compañía, y eso es lo que firmaron ellos. Lo que no sabían era que, en cuanto acabaran de escribir con su sangre sobre el papel, su alma acabaría confinada en un lugar oscuro y opresivo mientras preparaban sus cuerpos para que alcanzaran la perfección en el escenario.
Y a ese lugar les iba a conducir el director y coreógrafo en cuanto hubiera recibido su dosis habitual de halagos. Pero los más veteranos sabían que eran afortunados porque, aunque no tenían control sobre su cuerpo, al menos podían salir de su prisión durante las actuaciones. Antes ni siquiera se les permitía ese respiro, pero por suerte un crítico dijo que los bailarines de la compañía carecían de alma y el demoníaco coreógrafo se había apresurado a enmendar ese error para que dejara de haber motivo de queja.
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Este relato lo hice en octubre de 2013 para beliterature. Debía ser de terror y basarse en esta imagen.
El terror no es lo mío y, como no tenía tiempo, lo hice mientras curraba en cinco minutos, con los clientes entrando y saliendo constantemente.
Pero el resultado me gusta.
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