Quería hacer una música única y electrizante. Por desgracia, como músico no era gran cosa, así que tuvo que hacer un pacto con el diablo. En cuanto firmó el contrato con unas gotas de su sangre, le entregaron una guitarra hecha de huesos que le confería una habilidad extraordinaria. Pero no pudo disfrutar de su nuevo juguete durante mucho tiempo: en cuanto su fama empezó a crecer, el instrumento pronto llamó la atención de las autoridades. 

Un sencillo análisis de adn relacionó los huesos de los que se componía la macabra guitarra con el Caso de la Masacre del Conservatorio, y no tenía más coartada que el diablo. No costó que le declararan culpable y pasó el resto de sus días en la cárcel, sin que le permitieran volver a tocar una sola nota. 

Cuando murió, sin embargo, le entregaron de nuevo su guitarra y le obligaron a cumplir su sueño. La tortura a la que sometían a su alma daba a su música una cualidad única y electrizante. Por desgracia, solo podían escucharla los demonios y los condenados.

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