El enano, aprendiz de sacerdote desde que tenía uso de razón, odiaba el sabor del alcohol. Mal asunto, porque el líquido bendito de su raza no era agua, sino aguardiente, y los clérigos tenían la obligación de fabricar su propio caldo para las ceremonias.
Debido a su aversión a las bebidas alcohólicas, sus brebajes eran de una impureza insólita y sabía de buena tinta que no iba a pasar el examen de sacerdote, pero de todas formas lo intentó por tercera vez y fue expulsado del templo por ateo.
Años después, convertido en el más rico comerciante de la región, se reiría de la decepción que sufrió ese día. Los humanos tampoco podían soportar el fuerte aguardiente enano, aunque adoraban su sabor. Cuando él puso a la venta su delicioso aguardiente impuro fue un éxito de ventas, hasta el punto de lograr el monopolio en el mercado.
Desde entonces, todos los días pasaba por la puerta del templo de los enanos, agitando ante la mirada de reproche de sus antiguos maestros las monedas de oro que pretendía donar a su nuevo dios, un dios humano cuya agua bendita era sólo eso: agua.
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Este es el proyecto de consigna de octubre 2011 en el foro de Adictos a la escritura. La consigna era impureza y no se me ocurrió nada en principio, pero el aburrimiento en una de las clases atrajo a las musas…
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