El científico estaba a punto de averiguar cómo crear a su propio Frankeinstein, continuando con la tarea de su mentor, del que había heredado, a su muerte, el taco de folios con la investigación a medio terminar.
Seguía cavilando cuando un balón de fútbol rompió su ventana y fue a caer sobre los papeles, desperdigándolos y desordenándolos de la peor manera. La ira le invadió, y cuando el niño se asomó para pedir disculpas y recuperar su balón, lo pinchó con unas tijeras para hacerle llorar.
No obstante, ver al mocoso le dio la inspiración que le faltaba. Animar un cuerpo de adulto requería muchísima electricidad pero, ¿y un cuerpo de niño? Podía funcionar. Solo tenía que ir al cementerio y encontrar uno para probar… o ahorrarse el viaje y deshacerse de un vecino molesto.
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Escribí este relato en mayo de 2018 en base al siguiente lanzamiento de dados:

