La indecisión, la obcecación y la mentira

Me han lanzado un reto: escribir un relato sobre la estupidez humana. Soy una narradora omnisciente, así que tengo a mi disposición infinidad de ejemplos que les han ocurrido a la infinidad de personajes a los que vigilo a todas horas. Lo difícil no va a ser encontrar escenas que narrar, lo difícil va a ser elegir. Y es que los humanos son muy estúpidos.

Pero bueno, no me queda más remedio, así que elijo una escena al azar. Ahí está, perfecto. Marta, María y Mar son pura inteligencia fracasada por sí mismas, combinadas serán la bomba. Así pues, hagamos zoom a algún momento en el que estén juntas…

Después de una semana cambiando la fecha de la reunión, las tres amigas por fin se encuentran en la cafetería para tomarse unos cupcakes. Marta, con una sonrisa de oreja a oreja, comunica la noticia:

—Chicas ¡estoy comprometida! —dice. Muestra con orgullo un anillo sencillo con un diamante pequeño. Se ve a la legua que es falso; hay joyas en bazares que dan más el pego.

—¡¡¡¡¡¡¡Ahhhhhhh!!!!! —chillan sus amigas de entusiasmo.

Pero quizás, antes de seguir, debería hacer un breve inciso sobre la vida de Marta. Es tan indecisa que no logra elegir entre dos pares de zapatos (ni digamos la treintena que tiene en el armario; si no sabe qué escoger en la tienda, elige todo).

Siempre soñó con el príncipe azul, pero es muy atractiva y tenía pretendientes en abundancia, lo cual suponía un problema. Se pasaba tanto tiempo intentado decidir si aceptaría una cita, y con quién, que los aspirantes acababan hartándose de esperar y pedían salir a otras chicas más accesibles.

Cuando todos sus pretendientes asumieron que nunca se decidiría y renunciaron a pedirle citas, apareció un chico nuevo en el instituto, Dani, que dio el paso. Marta ya solo tenía dos opciones: salir con Dani o con nadie. Su mejor amiga de entonces la obligó a escoger mediante el infalible cara o cruz. Salió el «sí», y con él sigue desde entonces.

Hoy día es abogada y su novio, supuesto músico, vive a su costa. Ella está muy harta, pero con todo el tiempo y el dinero que ha invertido en él, no va a dejarle ahora. Tiene la esperanza de que, tras la fabulosa boda, en la que piensa gastarse todos sus ahorros, se enmendará y buscará un trabajo decente.

Después de un minuciosamente detallado relato sobre cómo su novio se declaró (con exageraciones; la realidad no fue nada del otro mundo), añade:

—Pero no sé quién de vosotras será la madrina. Llevo varios días sopesándolo y no me decido… ¿vosotras qué decís?

—Bueno, evidentemente, tengo que ser yo, que soy la que entiende de estos temas —dice María, con su habitual tono de superioridad.

Creo que es necesario hablar un poco de María. Ella nació con un gran talento para la fotografía y desde siempre se ha creído superior a todo el mundo que la rodea. Tiene las ideas muy claras, tanto que se molesta con todo el que contraríe su opinión. Incluso cuando su opinión resulta absurda y ha quedado refutada. Por eso, sólo quedan dos personas que la aguantan y están sentadas a su lado en la mesa en este mismo momento.

—Ya, pero yo tengo más experiencia. Después de todo, he sido varias veces madrina de mis otras amigas —responde Mar.

Y de nuevo un inciso para decir que Mar no ha sido nunca madrina de sus otras amigas. De hecho, no tiene otras amigas. Todo empezó cuando conoció a Marta y María durante unas vacaciones y les dijo que no estaba sola, que sus amigas llegarían al día siguiente. Esas amigas imaginarias nunca llegaron, pero salió del paso llamándose a sí misma delante de ellas y fingiendo que tenían una intoxicación alimentaria que les impedía unirse a la diversión. Siempre que Marta y María pedían conocer a sus amigas, soltaba una excusa, hasta que empezaron a olerse algo. Entonces, contrató a varias actrices para que hicieran el papel.

Luego, cuando María se echó novio, ella no quería ser la única soltera del trío y se inventó uno. Quisieron conocerle también y, frente a sus excusas de que él viajaba mucho, concertaron una cena con meses de antelación. Al acercarse la temida fecha, se inventó la primera boda. Ya llevaba cinco supuestas bodas, todas ellas para evitar contratar un novio falso con el que ir a la cena. Cada vez que necesitaba a sus amigas falsas, se dejaba una pasta; no quería gastar más dinero en un novio falso.

—Tonterías —dice María—. Yo haré que esa boda sea una obra de arte para recordar eternamente.

—Pues llévate tu cámara y haz las fotos de la boda para que recuerden, que yo me encargo de organizarlo —replicó Mar. Estaría bien ser madrina de verdad por una vez. Para compensar tanta mentira.

Antes de que respondiera, Marta las corta:

—¿Sabéis? Creo que lo mejor es que lo seáis las dos.

—No puede haber dos madrinas en una boda —se enfada María.

—¿Por qué?

—Porque lo dice todo el mundo.

—¿Y por qué lo dice todo el mundo?

—Porque no puede haber dos madrinas en una boda.

Mar y Marta ponen los ojos en blanco, ya que ese es el argumento habitual de María y saben que no la harán bajar del burro. Mar, que se lo ha pensado mejor porque no tiene ni idea de cómo se organiza una boda y no quiere perder a una de sus dos únicas amigas, decide cederle el puesto.

—El puesto es todo tuyo —dice en tono conciliador. Luego, no puede contener más lo que está pensando desde el primer momento y se gira hacia Marta—: En cualquier caso, no sé por qué has aceptado casarte con ese payaso. Es inferior a ti y lo sabes bien.

Aquí, como narradora omnisciente, no puedo sino darle la razón a Mar. Dani es un vago incompetente que ha tenido la suerte de conocer a una mujer capaz de dárselo todo sin esperar a cambio más que contadas muestras de cariño. No va a cambiar, pero deja a su chica pensar lo contrario. De hecho, la idea de la boda se le ocurrió cuando ella le exigió que buscara trabajo y vio en riesgo su relación. Así, si las cosas salen mal y ella le deja, al menos sacará algo con el divorcio.

—Porque le quiero, y porque tiene potencial, y porque va a cambiar —pronuncia la futura novia como un mantra. El que se repite a sí misma cada día y el que repite a todo el que cuestiona en voz alta su relación con semejante inútil.

—Bueno, pues todo resuelto —zanja el tema María—. ¿Habéis elegido fecha para la boda?

—Pues sí, para dentro de dos semanas.

Un silencio estupefacto se impuso entre las amigas.

—¿Dos semanas? —pregunta al fin María. Se acaba de comprometer a ser la madrina, pero va a ser imposible hacer nada en tan poco plazo—. ¿Pero cómo se te ocurre poner una fecha tan cercana para la boda?

—Bueno, cercana, cercana no. Es que hace seis meses que la decidimos. Pero claro, cuando iba a decíroslo lo he ido dejando, y dejando, y luego no encontrábamos una fecha adecuada para quedar y al final se me ha echado el tiempo encima.

Esta vez fueron María y Mar las que pusieron los ojos en blanco. Además de su indecisión, el gran defecto de Marta era postergar las cosas. No sabían cómo había logrado prosperar en su carrera de abogada con esa actitud.

—Pero no os preocupéis, mi madre me ha regalado el vestido de boda. Ahora, lo importante es encontrar los colores perfectos para los vestidos de la madrina y las damas de honor. ¿Qué colores eligió tu amiga Charo para su boda? Dijiste que fue fantástica.

Mar se vio en un tremendo apuro, así que, mirando el color de las paredes del local, improvisó:

—Lavanda —y mirando la tarta de chocolate que tenía delante añadió—: con adornos de color chocolate.

—No, ni de coña —exclamó María—. ¿Qué locura te llevó a aceptar ponerte eso?

—Pues a mí no me parece mal —dijo la futura novia—. Me gustaría verlo.

—Tú serías capaz de combinar verde pistacho con rosa fosforito siempre que no te hagan elegir lo que ponerte. Yo no me pongo cosas que no pegan —se obstinó María.

—¿Y por qué no pegan?

—Porque no pegan y punto.

—De todas formas, me gustaría ver tus vestidos de madrina —insistió Marta. Conocía poco a las otras amigas de Mar, pero le habían caído bien y quería saber algo más sobre sus bodas—. ¿Qué te parece si quedamos mañana para verlos?

—No sé, es que he quedado con mi novio —respondió Mar, evasiva. Al instante se dio cuenta del error.

—¡Estupendo! Así le conocemos por fin. Seguro que son unos vestidos preciosos, porque has hablado maravillas de ellos—. Antes que pudiera protestar, cambió de tema—: Pasando a otra cosa, hay que elegir restaurante.

—No hay problema, iremos al mejor, que es el Marvellous —dijo María.

—Pues cuando fuimos a comer allí no me pareció que fuera tan bueno, y se notaba que tú también estabas decepcionada —se extrañó Marta—. La comida estaba bien, pero no era deliciosa. Y era muy caro.

—Pero es el mejor.

—Yo estaba pensando más en ese restaurante al que fuimos el año pasado; tenía una comida maravillosa y era barato, tú misma lo dijiste.

—Pero no es el mejor.

—Pero bueno, ¿es el mejor para quién? —perdió la paciencia Marta.

—Para los mejores.

—¿Los mejores de qué?

Poniendo los ojos en blanco, y preguntándose así misma por qué tenía un par de amigas tan paletas, María dijo:

—Haz lo que te de la gana, es tu boda. Si quieres una comida cutre, allá tú. De todas formas me informaré sobre el restaurante. Y elegiré el color para los vestidos: no pienso ir de mujer cucaracha, el rojo es el color de las fulanas, el amarillo da mala suerte y los tonos rosados están out. No pienso ponerme ninguno de esos colores. Cambiando de tema, ¿has hecho la lista de invitados?

—Sí —dice Marta sacando un papel—: Quería una boda íntima, no son más de cincuenta.

—Son muy pocos, deberían ser ochenta.

—¿Tú crees? No sé, voy a revisar.

Marta empieza a añadir nombres al papel. Pero añadir un nombre implica añadir unos cuantos más. Finalmente, los nombres de la lista se duplican.

—Ya está, ciento dieciséis en total.

—¿Estás loca? Quita treinta y seis.

—Es que no sé a quién quitar. Si invito a unos, a los otros también tengo que invitarlos por compromiso.

Varios minutos después, tras mucha presión por parte de María, ha logrado reducir la lista a noventa y tres.

—No puedo quitar a nadie más —dice finalmente.

—Tres más.

—Imposible.

—¡Pero tiene que acabar en cero o en cinco! —se horroriza María.

—¿Por qué?

—Porque si no da mala suerte.

—¿Desde cuándo?

—Desde siempre. A mis padres les pasó, y a mi amiga Katy también.

—¿Y al resto de casados que conoces?

—A los que no me hicieron caso en esto, les pasará.

—Pues me arriesgaré.

—Si quieres tener mala suerte, allá tú, es tu boda. De todas formas, deberías tachar a estos tres —replica María, con cara de fastidio, y le señala a tres personas al azar. Una de ellas, de la lista inicial.

—No sé, me haces dudar… No me decido.

—Tú hazme caso a mí que soy la experta.

Al fin, la futura novia hace caso a su amiga, más que nada por no seguir escuchándola y porque sabe que no quedará tranquila hasta que hagan lo que ella quiere.

En esos momentos, Mar mira su reloj y dice:

—Se hace tarde, debo marcharme.

—Creía que hoy tenías todo el tiempo del mundo —protestó Marta.

-Sí, pero me he acordado de que tengo que hacer una cosa –respondió evasiva Mar. Su mente trabajaba a toda velocidad para encontrar un vestido de su talla de color lavanda y chocolate, aparte de cuatro vestidos de madrina más, antes del día siguiente.

—Bueno, está bien. De todas formas, nos vemos mañana para conocer a tu novio, Mar.

—Ah, sí, mi novio. Se lo comentaré —respondió levantándose.

«Mierda», pensaba, «también tengo que contratar un actor que esté libre mañana y dentro de dos semanas».

Y así acaba nuestra pequeña escena sobre la estupidez humana, toca hacer zoom out. Esa visita para conocer al novio y ver los vestidos, y la propia boda, sin duda también habrían sido una buena elección, ¿no creéis? Pero bueno, ya he escrito mi relato y es hora de dejar a nuestras tres inteligencias fracasadas seguir con su vida. Seguro que se las apañarán…

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