Cuando se jubiló y se quedó sin ningún quehacer, Julio lo pasó muy mal. Su mujer seguía haciendo lo mismo, y parecía que la estorbaba tenerle por casa, pero no le apetecía salir, así que el aburrimiento amenazaba con acabar con él. Entonces le dio por ver qué tenían en el sótano y encontró el alijo de novelas eróticas que escondía su esposa, por el que sintió curiosidad. A la luz del viejo quinqué, comenzó a leer la que más le llamaba la atención y no pudo evitar prendarse del género.

Se leyó esa y parte de una más antes de que ella le descubriera in fraganti. Ambos se pusieron rojos como tomates, pero Julio decidió que eso era lo que podía reavivar la llama de su matrimonio.

—¿Qué te parece si probamos algunas de esas cosas que hacen en las novelas? —le preguntó a su mujer.

Ella dudó, entre reacia y coqueta, antes de aceptar. Desde ese día, la jubilación les pareció a ambos lo mejor que les podía haber pasado.

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