Su hijastro no tenía remedio. Ella solo había querido regalarle un juguete normal que no ocupara tanto espacio como esa estúpida maqueta de una ciudad en miniatura que ocupaba la mitad del salón y de la que estaba tan pendiente.
Primero le había comprado un cochecito volador y había manejado el dron por encima de los edificios. No le había hecho gracia. Luego le había comprado un dinosaurio y, como el niño no sabía muy bien qué hacer con él, había fingido que era un gozilla que arrasaba la ciudad.
El niño se había echado a llorar y ahora era la mala de la película. Pero eso no iba a quedar así, hablaría con su marido. No podía tener esa estúpida maqueta por medio, dentro de unos días tenían invitados y necesitaba el espacio.
***
El niño realmente la veía como la mala de la película. Solo que no era ninguna película. Él era el dios de esa ciudad, velaba por sus muñecos. Cuando ella había hecho volar esa nave espacial sobre ellos, los había asustado, y cuando había usado ese monstruo para arrasarlos, les había visto sufrir aterrados. Ahora planeaba desmantelar la ciudad y dejarlos definitivamente sin hogar.
No podía permitirlo. Él era el dios de esa ciudad y, por lo tanto, ella, que quería destruirla, era un demonio. Tenía que encontrar la manera de acabar con ella antes de que causara más destrozos.
Sacrificó uno de los coches de sus ciudadanos y lo colocó en la escalera, justo donde ella ponía el pie cada mañana, adormilada, cuando bajaba a desayunar. Todo el mundo pensó que fue un accidente. No la mató, pero ya no podía moverse y no volvería a hacer daño a sus muñecos. Podía seguir velando por ellos con tranquilidad.
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Este es otro de los relatos cortos que hice en septiembre de este año en base al lanzamiento de dados que aparece a continuación:


