La moneda fue acuñada junto a miles de sus gemelas en la casa de la moneda de su país de origen. Poco después, la empaquetaron junto a tantas otras y no volvió a ver la luz hasta que el empleado del banco abrió el paquete.

Pasó en ese momento a una anciana que había pagado un recibo con un billete demasiado alto, la cual no tardó en encerrarla en un bolso enorme. Por desgracia, el forro del bolso estaba desgarrado y la moneda se coló, por lo que pasó varios meses a la sombra, hasta que por fin un hombre desgarró el forro y la encontró.

Era este individuo un ladronzuelo de poca monta, que había robado el bolso a la anciana en un despiste de la misma y, no encontrando mucho, había terminado por romper el forro.

La moneda pasó entonces al bolsillo del ladrón, que la utilizó para pagar una apuesta a un colega del bar. Acto seguido, su afortunado ganador la dejó como propina al camarero, que la echó al bote, donde poco a poco acabó cubierta por otras monedas hasta que llegó el día del reparto, en que cambiaron todas las monedas por billetes de la caja para tener cambio.

Y como cambio pasó a ser propiedad de una ama de casa que había parado en el bar a invitar a sus hijos por sus buenas notas. La moneda quedó en el bolsillo de la mujer hasta que se deslizó en una rendija del sofá, donde pasó un par de días hasta ser encontrada por el hijo pequeño.

Este, tras poner un folio encima de ella y calcarla por las dos caras, se la llevó a la tienda y la usó para comprar golosinas, pasando a manos del tendero, que la utilizó para dar el cambio a un hombre que la usó para comprar un souvenir.

La moneda fue entregada a unos turistas que habían comprado varios artículos y la metieron en un monedero. Cuando el monedero volvió a abrirse, el turista hizo un torpe movimiento y todas las monedas, incluida nuestra protagonista, cayeron al suelo del coche. Todas menos ella fueron recogidas y cambiadas más adelante por las monedas del país de origen de los turistas que, pasados unos meses, limpiaron su coche a fondo y encontraron nuestra moneda.

La mujer se quejó de lo inútil que era la moneda ahora, pero el hombre la convenció de que podía pasar por una de las monedas de más valor de su país. No coló, porque fue rechazada por dos tenderos antes de que el hombre se diera por vencido.

La dio como limosna a un supuesto minusválido que no se dio cuenta de que no era una moneda corriente. Acabada la jornada, el mendigo, ya sin signos evidentes de minusvalía, fue a un bar a cambiar sus ingresos por billetes. Al decirle el camarero que la moneda no era del país, respondió enfurruñado:

—Tírala, si a ti no te vale a mí menos.

El camarero se encogió de hombros, pero en vez de tirarla se la metió en el bolsillo y la sacó horas después, al llegar a casa. Allí se la entregó a su mujer, coleccionista aficionada de monedas.

—¿De dónde será? —preguntó el hombre, intrigado.

—Ni idea —respondió la mujer, y la metió en un álbum de monedas.

Allí sigue actualmente, misteriosa, de procedencia desconocida, viendo la luz de cuando en cuando, los días en que la orgullosa mujer, ya anciana, muestra a sus conocidos su colección.

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