Nunca había pensado que podía enamorarse de un objeto, pero tenía que comprar esa preciosa muñeca antigua traída de Japón, aunque costara medio sueldo y fuera apretada el resto del mes.

No se lo pensó dos veces y así lo hizo, con lo que se llevó una terrible bronca de su novio, que le reprochaba el gasto innecesario. Normalmente, se quedaba callada cuando él se ponía así y cedía, pero un vistazo a la muñeca le dio entonces el valor necesario para replicar:

—¿Qué demonios? ¿Qué derecho tienes tú a abroncarme por nada? Yo soy quien trabaja como una mula para traer un sueldo a casa mientras tú te quedas aquí haciendo el ganso. Podría admitirlo si al menos hicieras las tareas del hogar, pero eso también me toca hacerlo a mí. ¿Que me he gastado medio sueldo en una muñeca? Pues genial, menos que puedes gorronearme.

Él la miró, entre furioso y sorprendido, pero al final ganó la furia y se puso a recoger sus cosas con la intención de marcharse. La última vez que su novio hizo eso, ella le suplicaba que lo dejara y le decía que lo arreglarían, pero una nueva mirada la muñeca le dio fuerzas para quedarse en pie, de brazos cruzados, mientras lo hacía. Él, que en realidad había empezado de farol, tenía demasiada dignidad como para interrumpir su rabieta.

Así pues, el novio gorrón se marchó y ella cambió la cerradura sin darle una segunda oportunidad. Al mes siguiente, sorprendida por lo mucho que le duraba el dinero ahora que él no se lo gastaba en cervezas y en aperitivos para invitar a sus amigos cuando jugaban a la consola, redecoró la casa poniendo la muñeca en el lugar de honor que merecía por cambiar su vida.

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