La ninfa se le aparecía desde la más tierna infancia. Jugaba con ella cuando apenas sabía caminar, escuchaba sus berrinches cuando se enfadaba con sus amigos, le consolaba cuando su padre se marchaba a otro de sus viajes interminables. Era su mejor amiga, la criatura a la que se sentía más cercano en el mundo. También era muy hermosa, por lo que era inevitable que, cuando creció, la atracción que sentía por ella se convirtiera en algo más.

Yacieron juntos, por primera vez, una noche de luna llena en la orilla del lago. Una noche que no quería que acabara nunca. Como no le ataba nada a su vida, le pidió que le llevara con ella a su mundo, como habían hecho tantas otras de su especie.

Entonces la expresión de la ninfa se tornó fría y se negó. Pero él siguió insistiendo hasta que ella le dijo:

—Solo nos llevamos a los humanos a los que amamos. Y a ti no te amo.

Él, dolido, no volvió al lago en unos días, convencido de que, cuando lo hiciera, se daría cuenta de que sí que le amaba. Pero, cuando regresó, ella no volvió a aparecer. Poco a poco, a fuerza de acudir al lago noche tras noche, sin encontrarla, todo fue convirtiéndose en un dulce sueño, recuerdo de una fantasía infantil.

Años después, cuando volvió a casa de sus padres tras la muerte de estos, llevó a sus hijos al lago y les contó historias de su amiga imaginaria de la infancia. No se dio cuenta de que una cabeza conocida asomaba entre los nenúfares y le observaba con tristeza.

Y es que la ninfa, que se había apartado de él porque le amaba y llevarle a su mundo hubiera supuesto su muerte, no le había olvidado. Pero las cosas eran así, y así debían seguir siéndolo, por lo que volvió a sumergirse y veló por él el resto de sus días desde la distancia.

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