Me ha mirado un tuerto y ahora estoy maldita. Sí, suena estúpido, pero fue poco después de que me riera en la cara del tuerto por el hostión que se dio por la calle cuando empezó mi tortura. ¿Y cuál es mi tortura, os preguntaréis? Pues unas canciones. Sí, unas estúpidas canciones, no os riáis. Esas canciones tontas de la Once, que se convirtieron en canción del verano. Las tengo en la cabeza, grabadas a fuego.

Empezáis a comprenderlo ahora, ¿verdad? Porque eso fue hace unos cuantos años y sigo con las malditas canciones pegadas, que no se me van de la puñetera cabeza. No es tan malo, pensaréis. Pues sí lo es. Porque ya es de idiotas ir por la vida tatareando El atasco que asco, o la de las Tapas en verano, pero imaginaos por ejemplo que estáis en un ascensor en plenas navidades y empezáis a canturrear por lo bajo, de forma inconsciente, que os ha picado la medusa del amor, o que si tú me das cremita y yo te doy cremita.

Pues eso, que me tomaron por loca y me despidieron. Y mi marido se hartó de escuchar siempre la misma cantinela y me dejó. Lo triste es que ni siquiera me gustan las canciones de las narices. Pero es que he probado con todo y sólo puedo ir intercambiándolas entre sí, pero no puedo intercambiarlas por otra canción.

Estoy harta ¡harta! Es una tortura, y llevo desde entonces buscando al tuerto. Ayer, al fin lo encontré… Me las va a pagar.

***

No lo entiendo… El tuerto está acribillado a balazos y sigo oyendo las canciones… Ahora la tortura es peor, porque las oigo todas a la vez. No puedo más, esto es insoportable… queda una bala en el arma… quizás así me las saque de la cabeza de una vez.

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