Siempre había sido una persona que se enamoraba con facilidad, no podía evitarlo. Pero no era tan fácil dejar de amar, y mucho menos cuando su amor era correspondido. Así que nunca se planteó la posibilidad de ser monógama. Decidió mantener varias relaciones a la vez, sin que ellos lo supieran en ningún momento.
Primero estaba Martín, su marido, con el que había compartido su vida desde el instituto. Luego estaba Pierre, del que se había enamorado durante su viaje de Erasmus y con el que se veía siempre que tenía que viajar a Francia por trabajo, manteniendo entre tanto una relación a distancia por e-mail. Tampoco había podido renunciar a Mario, su compañero de trabajo, también casado y atrapado en un matrimonio sin futuro, con el que mantenía un apasionado affaire. Y, por supuesto, estaba Bruno, su amigo gay, que al final había resultado ser bisexual y sentir algo profundo por ella.
Era estresante. Su marido pensaba que era el único; los demás, que no estaban más que ellos y su esposo. Compatibilizar tantas relaciones en su día a día dejaba el tiempo justo para dedicarlo a sí misma, y cada vez se sentía más vieja y fea, menos capaz de resultar atractiva a sus hombres. Vivía con miedo a perderles, a no ser capaz de contentarles, pero estaba atrapada en su maraña de relaciones y no veía qué podía hacer; era impensable que ellos comprendieran y aceptaran una relación a cuatro bandas.
Ellos lo notaban y no podían evitar preocuparse, pero no conseguían que les abriera lo suficiente su corazón como para confesar. Finalmente, pasó lo que tenía que pasar: supieron de los otros, les dolió y recibió cuatro ultimatums. Estaba sola.
Escribió cuatro cartas y las envió a sus cuatro amores, se encerró en la cocina y ató los dos extremos de una cuerda a su cuello y la lámpara del techo. Quizás aprendieran a perdonarla. Quizás, una vez en el cielo, ellos pudieran comprender y aceptar que su amor no era exclusivo.
Este relato lo escribí hace muchísimo tiempo para un concurso. No gané, pero quedé «seleccionada» para participar en la antología, con la condición de que aportara 60€, que se me devolverían en forma de 12 ejemplares. Dado que me olía a chamusquina (¿5€ como coste unitario para una antología de microrrelatos que probablemente no llegara a las 100 páginas? No cuela… Además ¿para qué quería yo tantos ejemplares?) decidí declinar su oferta. Una de tantas estafas con antologías. El relato se perdió en una maraña de archivos… hasta mayo de 2014.
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