La casa que había heredado estaba poblada de fantasmas. Solo eso explicaba lo que escuché esa primera noche; cosas moviéndose, ruidos en los pasillos, susurros tenebrosos. 

Estaba tan deprimida por la muerte de mi tía, y por el vacío que había sido mi vida hasta el momento, que simplemente me quedé en la cama, esperando que los espíritus vinieran a por mí y acabaran con mi existencia. Nadie me echaría de menos; había pasado las últimas semanas acompañando a mi tía en el hospital y no había recibido ni una triste llamada preguntando por qué había desaparecido del trabajo y de los sitios que frecuentaba.

Pero los espíritus no subieron y, a la mañana siguiente, todo estaba como lo había dejado. Así que seguí con mi luto, recorriendo la enorme casa como en un sueño, preguntándome qué haría con ella, si merecía la pena hacer algo o, simplemente, acabar con todo. Cuando ya no pude con mi desánimo, volví a la cama y, al poco de anochecer, empezaron de nuevo los ruidos. 

Sentí curiosidad, pero no tenía ánimo para levantarme. Al menos, hasta que se escuchó una risa en el piso de abajo. Eso me enfureció. ¿Qué derecho tenían los fantasmas a ser felices en mi casa, donde ni siquiera yo lo era?

No obstante, lo que encontré al bajar no eran fantasmas, sino la pareja de mendigos que frecuentaba la calle Mayor de la pequeña ciudad, junto con un crío que no podía tener más de cinco o seis años. Sabían que la propietaria había muerto y, al no ver a nadie entrar o salir de la casa en varios días, habían dado por hecho que estaba desocupada y entraban por las noches para resguardarse del frío y las lluvias.

Se explicaron, rogaron que no llamara a la policía, se disculparon una y otra vez. Yo estaba paralizada pero, cuando se dispusieron a salir en busca de refugio quién sabía dónde, algo dentro de mí se rebeló y les dijo que podían quedarse cuanto quisieran, que había muchas habitaciones libres.

No sé a quién sorprendió más esto, si a ellos o a mí, pero estaban desesperados y aceptaron la invitación. Intentaron no cruzarse en mi camino ni molestar, aunque vivíamos en la misma casa y, poco a poco, fui acostumbrándome a su presencia. El niño era una ricura y no tardó en ganarse un hueco en mi corazón; con los padres tardé más en tener suficiente confianza, pero pronto eso dio paso al cariño y la presencia de esa familia alivió un poco mi vida solitaria.

Cuando ella encontró trabajo gracias a los servicios sociales y pudieron marcharse, sentí de nuevo el peso de esa enorme casa a mi alrededor. Esta vez todo era distinto, porque ellos venían a visitarme casi a diario y se preocupaban por mí, pero no podía dejar de sentir esa soledad que ellos habían llenado con su presencia.

Acudí yo misma a los servicios sociales para ofrecer mi casa como albergue para las personas necesitadas. Ahora, nunca estoy sola y, aunque no todos los que se alojan aquí encajan bien conmigo, muchos se han convertido en grandes amigos. Y por fin mis propios fantasmas han abandonado la casa.

Sígueme en…

O apúntate a la newsletter y no te pierdas nada.

Portada del libro de relatos breves 48 trozos de fantasía y ciencia ficción, de la escritora Déborah F. Muñoz
48 trozos de fantasía y ciencia ficción

Portada de la antología de relatos cortos 70 trozos variados
70 trozos variados
portada de 42 trozos de amor y pasión
42 trozos de amor y pasión

Portada de la antología de relatos cortos 68 trozos variados
68 trozos variados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *