Lo primero que había hecho el grupo cuando despertó en el laberinto fue discutir. Con esos comienzos la supervivencia empezaba mal, pero de alguna forma el hambre y la sed les hicieron organizarse. Encontraron una montaña de víveres en el centro del laberinto, pero ninguna salida. El reparto conllevó más discusiones, y no hicieron otra cosa que gritarse unos a otros durante dos días.

Pero las provisiones se agotaban y pronto se dieron cuenta de que quedarse ahí no era buena idea. Con muchos problemas consiguieron organizar partidas de búsqueda, pero cuando trazaron el plano del laberinto tuvieron que reconocer lo obvio: no había salidas.

La especulación sobre quién les había puesto ahí, por qué y, lo más importante, cómo, tomó entonces fuerza. Hasta que uno sugirió que posiblemente esa locura acabara cuando sólo quedara uno. Fue el primero en morir.

Siguió una noche de lucha encarnizada y sangrienta. El último superviviente amontonó los cadáveres lejos de la comida y esperó. Como no pasaba nada gritó que ya había cumplido con su misión y era el superviviente, luego volvió a buscar una puerta y empezó a desvariar. Pero siguió sin poder salir.

***

—¿Cómo van los sujetos de tu experimento, CS012355?

—Se han matado entre ellos. El que queda se ha vuelto loco —suspiró el científico marciano, mirando a su superior—. ¿Todos los grupos han dado resultados similares?

—No. Cada grupo tiene reacciones distintas, aun en las mismas condiciones. Unos fueron por separado, sin cooperar para encontrar provisiones. Otros las encontraron en seguida, y en poco tiempo se acabaron. Otros la racionaron y les duró más. Algunos pelearon, como el tuyo. El único grupo que sobrevivió al experimento fue el que, una vez encontrada la comida y trazado el mapa, se dirigió a uno de los extremos y cooperó para excavar un túnel. Pero por más que buscamos sujetos similares no logramos que repitan la hazaña. Definitivamente, los terrícolas son seres mucho más complejos de lo que pensábamos.

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