—¿Qué se le ha podido pasar por la cabeza a la novia? —no paraban de preguntar los invitados, desconcertados. Parecía tranquila y radiante, pero de repente le cambió el rostro, salió corriendo de la iglesia antes de que nadie pudiera reaccionar y no volvieron a verla.

—Nunca lo sabremos —respondía el novio, una y otra vez.

Aunque él sí que sabía. Se había puesto esos gemelos precisamente porque esperaba que ella reaccionara así. Porque quería que supiera que se había enterado de lo de su amante, que había hablado con él. También quería dejarle claro que, si seguía adelante con la farsa y le obligaba a casarse con ella y a aceptar a un hijo que no era suyo, se lo recordaría todos y cada uno de los días que durara su matrimonio.

Por suerte, tal y como había asegurado el amante, ella había reconocido el accesorio y se había desmoronado. No sabía si había corrido a los brazos de su enamorado o si simplemente se había marchado sin saber a dónde ir.

En el fondo, le daba igual: nadie podía decir que él no había hecho lo correcto después de deshonrarla quedándose a solas con ella sin carabina. Y, lo más importante, seguía siendo libre. Ahora, por fin podía cortejar a la mujer que amaba de verdad.

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Portada del relato Nunca lo sabremos, unos zapatos blancos

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