La pequeña comunidad de magos boriedanos que viajaba en el Titanic no podía estar más consternada al enterarse de que había un hechicero khalatiano a bordo. Lo que era peor: se trataba de uno del más alto nivel, capaz de derrotarles a todos.

Naturalmente, un poder tan inmenso explicaba por qué había sido capaz de conseguir un billete en primera clase a pesar de todas las medidas de prevención para evitar que un khalatiano contaminara con su presencia esa maravillosa obra de ingeniería que habían realizado los humanos. El Titanic, el inhundible, de repente ya no les parecía tan seguro.

***

El khalatiano no era, ni de lejos, tan maligno como los boriedanos pensaban. Ni uno solo de su raza lo era. La única razón por la que llevaban la etiqueta de malvados era que habían perdido la guerra hacía quinientos años. Si el resultado hubiera sido otro, ahora los que tendrían que usar triquiñuelas para entrar en un barco de lujo serían los boriedanos.

La situación, al parecer, estaba a punto de cambiar, y según el oráculo lo haría gracias al Titanic. El hechicero no tenía ni idea de cómo podía ser así. Había una docena de magos borideanos de rango medio, otras dos docenas de rango bajo y aprendices que hacían las veces de criados de los primeros. Cualquier intento de acercamiento por su parte a cualquiera de ellos, bien sabía él, sería considerado como un acto de maldad destinado a hechizarles o hacerles algo malo.

Eso no impedía, no obstante, que siempre hubiera uno o dos boriedanos siguiéndole a todos los rincones del barco. Y que hicieran guardia mal disimuladamente frente a su lujoso camarote en la cubierta B.

El desconcierto sobre la profecía aumentó aún más cuando, cuatro días después de zarpar, el barco chocó contra un iceberg. ¿Cómo iba a mejorar la situación de su gente si todos iban a pensar que él había sido el responsable?

Ni siquiera se molestó en ir en busca de un bote. Refunfuñando y maldiciendo al oráculo, inició los preparativos para conjurar un portal de huida en su camarote.

***

Los boriedanos lograron que sus mujeres entraran en los botes, pero eran demasiado honorables como para colarse mágicamente en uno de ellos y salvarse a costa de las mujeres y niños humanos que tenían preferencia sobre ellos. Así pues, abandonaron la cubierta en busca del khalatiano, convencidos de que era cosa suya y dispuestos a vengarse.

Abrieron su camarote con una onda de energía y el hechicero levantó la vista brevemente de sus preparativos.

—Fuera —ordenó, irritado, mientras seguía colocando los componentes.

—¡Maldito monstruo! ¡Sabíamos que estabas aquí por alguna razón oscura! ¡Pero te haremos pagar por ello antes de morir en esta tumba flotante! —exclamó el líder de los boriedanos.

—Podéis intentarlo, pero antes de hacernos perder el tiempo a todos deberías preguntarte cómo he hecho lo que quiera que crees que he hecho. En todo momento he tenido a uno de los vuestros siguiéndome como una sombra y no he realizado magia en todo el viaje —le respondió tranquilamente el khalatiano, sin molestarse en dejar lo que estaba haciendo—. No podéis culparme de la estupidez humana.

Los boriedanos se miraron entre sí y los que le habían estado vigilando asintieron. No les quedaba más remedio que admitir su razonamiento: el hundimiento se debía a un error humano y no a un siniestro hechizo.

Derrotado, el líder estaba a punto de ordenar a los otros que salieran para intentar idear una forma de sobrevivir cuando se dio cuenta del conjuro que iba a realizar el khalatiano.

—Estás haciendo un conjuro de teletransporte —dijo con voz ahogada.

Una chispa de astucia encendió los ojos del khalatiano.

—Deduzco que vosotros no tenéis el poder ni los conocimientos para realizar uno —respondió el otro, entendiendo por fin al oráculo. Por poco poderosos que fueran, los boriedanos no podían permitirse la pérdida de tantos magos; harían cualquier cosa con tal de salvarse—. Supongo que podría ampliar mi hechizo para que todos me acompañárais… si aceptáis mis condiciones.

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