El parque está oscuro, con la única farola parpadeando siniestramente. Aun así, la mujer, que llega tarde, ha decidido aventurarse tras comprobar que no hay nadie en los alrededores. No obstante, al dar su primer paso hacia la penumbra, vislumbra entre los setos una lucecilla, como un cigarro encendido, y decide dar un rodeo a pesar de todo.
El asesino tira su cigarro con gran disgusto. Otra víctima espantada por su vicio. Desde ese día, dejaría definitivamente de fumar.
Escribí este microrrelato en octubre de 2011 directamente para publicarlo en el blog.
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