Su marido había sido detective privado toda la vida, porque le gustaba resolver misterios a los que ningún otro podía enfrentarse. Era el mejor en su trabajo y le gustaba, aunque a ella no le agradaba del todo que en ocasiones arriesgara la vida con tal de aclarar un acertijo, por lo que cuando se jubiló dio saltos de alegría.

No había tenido en cuenta que su marido no era de los que se quedaban quietos, así que, aunque ya no resolvía crímenes, le había dado por los puzzles, los acertijos, las adivinanzas… en definitiva, por resolver una quisicosa tras otra, fuera lo que fuera y a cualquier hora.

Tuvo que renunciar al cuarto de la plancha para que él no llenara la casa de papeles con acertijos y pudiera disfrutar de un lugar tranquilo donde trabajar, por no hablar de que a menudo la despertaba con sus eurekas cuando lograba resolver algo en plena noche.

Le costó casi tres meses adaptarse, hasta que se dio cuenta de que, a pesar de todo, prefería eso a pasar las horas en casa, angustiada por si le pasaba algo. Desde entonces, no solo no le regaña, sino que le anima comprándole nuevos acertijos que resolver. De hecho, puede que ella también se esté enganchando un poco a esa afición, porque lleva tres días intentando resolver el puzzle que él le regaló por su cumpleaños.

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