El carpintero huía por las desiertas calles de la ciudad. Solo había inventado una forma de moler el grano más fino sin ayuda de los magos, pero al parecer eso había sido suficiente para estar en su punto de mira. El progreso estaba prohibido ya que, si se lograban los suficientes avances, el pueblo dejaría de necesitar a los magos y se alzaría contra ellos, así que se encargaban de todo aquel que pudiera crear algo que facilitara la vida a los ciudadanos.

Le alcanzaron en la plaza y le rodearon rápidamente, comenzando a recitar los encantamientos que le disolverían como si fuera cera. Tembloroso, se preparó para morir y cerró los ojos.

Escuchó varias explosiones. Los magos cayeron al suelo, muertos, y un pequeño grupo de hombres con extraños aparatos salió de entre las sombras.

—Ellos aún no han encontrado la forma de protegerse de nuestras armas de fuego —rió uno de ellos. Alzó su pistola y lanzó un grito de victoria que los demás corearon—. Vamos —le dijo al carpintero—, tu invento es muy ingenioso y queremos que estés entre nuestras filas. Aunque tampoco es que tengas otra opción.

—¿Quienes sois?

—Rebeldes, por supuesto. La Revolución Industrial ha llegado, lo quieran o no esos hechiceros de tres al cuarto —respondió el líder, con una mueca de determinación en el rostro. 

El carpintero, con una sonrisa, les acompañó. Se acabarían los años de ser esclavos de los magos. Lo que nunca imaginó es que acabarían siendo esclavos de las máquinas.

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