Se levanta pronto. No tiene obligación de madrugar hoy, pero es su gran día. El día en que, por fin, ha quedado a solas con el hombre del que lleva años enamorada. Va a ser una gran tarde y para ello debe tener un gran aspecto.

Se echa un montón de cremas y mascarillas ya antes de desayunar, algo ligero porque no quiere sentirse hinchada cuando esté con él. Se viste con cualquier trapo que encuentra y sale a la calle. Primero va a hacerse la cera, no vaya a ser que haya tema y ella no esté perfectamente depilada. Aguanta el dolor con resignación; merecerá la pena cuando él vea sus piernas bonitas y suaves.

Luego, de compras. No quiere llevar nada que él haya visto antes. Compra un vestido algo más caro de lo que le gustaría y busca los zapatos perfectos. Los encuentra, pero por desgracia no pegan con el vestido. Va otra vez a la tienda de ropa para encontrar el vestido perfecto para sus perfectos zapatos. Da con uno, pero el mes que viene se verá en apuros para afrontar la cuenta de su tarjeta de crédito.

Ya va apurada, pero llega a tiempo a su cita en la peluquería y se hace un completo: lavado, corte, peinado, manicura y pedicura. Sale contentísima de allí pero, al alejarse de las entusiastas peluqueras y pasar por delante de un espejo, se da cuenta de que ese peinado es un espanto. Desesperada, recorre varias manzanas hasta dar con otra peluquería donde le hagan un apaño. Esta vez sí.

Llega a casa, come frugalmente y se calza para ir acostumbrándose a los zapatos, que le hacen algo de daño. Luego, se viste y mira la larga fila de productos de maquillaje que hay frente a ella. Comienza a arreglarse y acaba justo a tiempo para agarrar su pequeño bolso nuevo y salir de casa.

Llega al lugar de la cita diez minutos antes, con los pies llenos de ampollas. Comienza a impacientarse cuando pasan siete minutos de la hora acordada. Cinco minutos después, recibe un mensaje en el móvil.

Un imprevisto, imposible ir. ¿La semana que viene?

Cierra el móvil y se encamina hacia su casa hambrienta, con una leve cojera, mientras una lágrima solitaria estropea la máscara de maquillaje y una ráfaga de aire desmorona su peinado y sus esperanzas.

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