Ser hombre no es tan fácil como lo pintan. Al menos, no para un modelo heterosexual, padre de tres hijos y orgullosamente casado con una maravillosa abogada. De entrada, me veo asediado tanto por gays como por mujeres hetero que tienen la esperanza de que no sea gay. Hace tiempo que descubrí que decir que estoy casado no les sirve de freno.

Para colmo, por muy bueno que sea, nunca me pagarán tanto como a las modelos femeninas. Y tenemos que soportar auténticas torturas, como hoy. ¿A qué idiota se le ocurrió hacer una sesión de fotos de bañadores en pleno invierno con los modelos sentados en un trono de hielo? ¿Nos hemos vuelto locos? Estoy deseando llegar a casa y acurrucarme bajo una manta junto a mi mujer y los niños. Luego, cuando se acuesten, descargaré todas mis penas haciéndole el amor a mi media naranja.

—¡Menos mal que estás aquí! —exclama ella cuando abro la puerta—. Creí que no llegabas.

En vez de recibirme con uno de sus sensuales besos, me arrastra al dormitorio, donde un esmoquin me espera extendido sobre la cama. Maldición, me había olvidado de esa horrible cena de abogados.

—¿Es realmente imprescindible que vaya? No te imaginas qué día.

—¿Que si es imprescindible? Claro que lo es. Tres veces se han alargado tus sesiones de fotos y me has dejado tirada. ¡Van a pensar que estamos separados! No puedo volver a aparecer sola tras decir que voy contigo. Necesito que todo salga bien y me apoyes. ¿Tienes idea de lo difícil que es ser mujer en un mundo de hombres?

No pienso responder a eso. Claro que lo comprendo, porque estoy en su misma situación, cosa que comprende sólo cuando le interesa, que generalmente es cuando no está enfadada ni intentando convencerme de que si no voy con ella a una cena nunca la harán socia. Lo cual es absurdo, porque es muy buena en su trabajo y de todas formas esos viejos payasos sólo me quieren en sus fiestas para mofarse de mí y lanzarle indirectas a ella. Curioso, si un abogado se casa con una modelo es un héroe, pero si una abogada se casa con un modelo es de risa.

—De acuerdo. No tardo nada —suspiro y se me escapa un estornudo. Lógico, dado que he pasado seis horas sentado en un trono de hielo con la única protección de un bañador diminuto y cortos descansos envuelto en mantas térmicas.

—¿Te estás intentando escaquear fingiendo un resfriado?

—No. Tengo un resfriado, pero no me estoy escaqueando.

Me mira poco convencida y me mete prisa. Apenas me da tiempo a saludar a los niños y, antes de darme cuenta, estoy rodeado de abogados, sin parar de moquear. Aguando estoicamente sus puyas, incluso cuando empiezo a ver doble, seguramente por la fiebre.

—¿Contenta? —le pregunto cuando por fin podemos irnos.

—Sí. Aunque podrías haber puesto mejor cara.

—Ya. Lamentablemente no soy actor. Será mejor que conduzcas tú.

—¿Con estos tacones? —no respondo—. ¿Sabes?, si pensabas beber podías haberlo dicho y me hubiera traído unos zapatos bajos.

—No estoy bebido. Pero veo doble. —Un estornudo enfatiza la indirecta y, por fin, se da cuenta de que no estoy fingiendo.

—Pero cariño, ¡estás malo de verdad! Venga, vamos a casa. Te prepararé algo caliente mientras me cuentas qué te han hecho esta vez para dejarte hecho un guiñapo en menos de veinticuatro horas.

Sonrío débilmente. Por fin. Cuando se le mete algo entre ceja y ceja es mejor pasar por el aro, pero ahora que se siente culpable sé que va a ser toda atenciones y mimos el fin de semana. Sólo espero que se me pase pronto para poder disfrutar de sus atenciones sin la interferencia de la fiebre.

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