Necesitaba una fotografía de carnet urgentemente, pero no iba a ser nada fácil.

Primero fui al fotomatón, pero me encontré con que la pantalla estaba cubierta por una repugnante masa gelatinosa que no estaba dispuesta a retirar. Así que me fui a la tienda de fotos y me encontré con que estaba cerrada por vacaciones.

Al chino se le había estropeado la cámara y tampoco pudo sacármela, así que decidí ir a casa e imprimir aunque fuera una de las fotos que tengo con las amigas, enfocando solo mi cara. Pero no funcionaba internet y no tenía las fotos guardadas en el ordenador.

Corrí a casa de una de mis amigas, que resultó haber salido, y finalmente, derrotada, no tuve más remedio que coger el coche e ir a casa de mis padres, que daban una comida familiar de la que había hecho lo posible por librarme, para imprimirla desde allí.

Al fin logré sacarlas, después de una larga y aburrida comida, y abrí la cartera para guardarlas. Solté una maldición al ver en ella un par de fotos de carnet que había guardado para imprevistos tiempo atrás.

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