Ya hemos establecido que no vamos a poder hacerlo todo. Hay que tenerlo asumido. El tiempo es limitado, hay muchas cosas que queremos hacer… es imposible.

Por eso es tan importante establecer prioridades y, más importante aún, ceñirse a esas prioridades. Si no lo haces, luego empiezan a surgir tareas que a lo mejor no son tan prioritarias, pero te pones con ellas igual.

Para evitar que pase esto, ya dije que el primer paso era aprender a distinguir lo urgente de lo prioritario. Lo urgente es fácil distinguirlo: lo que tienes que hacer ya porque se acaba el plazo, aunque no necesariamente sea prioritario.

Pero, ¿qué criterios tiene una tarea para considerarla prioritaria? Pues, para mí, esto es todo lo que le da puntos:

  • Es importante que la realices. Si no la llevas a cabo, tendrá un impacto o habrá consecuencias negativas.
  • Necesitas realizar esa tarea para poder ponerte con otras que dependen de ella. No puedes lanzar un libro al mercado si antes no lo has escrito, por poner un ejemplo obvio.
  • Su realización afecta a otras personas que necesitan que cumplas con tu parte. Y aquí incluyo desde hacer un informe en el trabajo que otro departamento necesita para incorporar a una presentación importante hasta ayudar a los niños con los deberes y pasar tiempo de calidad con ellos (pues su desarrollo futuro dependerá de tu implicación en su educación).

Una vez tengas claro el nivel de prioridad de cada tarea, solo tienes que ponerte con las que lo tienen muy alto y además son urgentes. Y, según te las quitas de en medio, ir pasando a la siguiente más prioritaria de la lista. Con ello, te aseguras no perder el tiempo en cosas sin importancia.

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