«El jardín del vecino siempre parece más verde», le decía siempre su abuela cuando expresaba su deseo de atravesar el espejo donde se veía el mundo mágico. Allí todo parecía brillante y esplendoroso, nada que ver con el mundo terrenal, tan frío y apagado.

Ella respetaba mucho a su abuela y nunca hizo el intento de entrar pero, cuando ella murió, ya no había nadie que contuviera ese deseo imperecedero. Así pues, lo atravesó sin miedo, dispuesta a visitar hasta el último rincón.

Nada más entrar en el portal, el monstruo la agarró y la metió en una jaula, tras lo cual se internó en un paisaje yermo y muerto. La criatura sonrió al ver intentar escapar a su presa. Permitir que ese último vestigio de verdor y vida creciera delante del portal había sido una gran idea: con paciencia, siempre había alguna presa que, atraída por el esplendor, abandonaba la seguridad de su mundo para convertirse en un delicioso almuerzo.

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