Por fin lo hallé. Encontrar a alguien de belleza digna de ser mi compañero por toda la eternidad es una elección muy importante, porque sólo se puede hacer una vez. El elegido es un hombre joven, que apenas sonríe y cuando lo hace no muestra los dientes, dándole un aire enigmático. Viste con ropa holgada, pero se aprecian los músculos bajo ella, y siempre lleva puestos una gorra y unas gafas de sol enormes, incluso de noche. Tendré que quitarle esa manía, pero cuando sea mío vestirá como a mí me guste.
Me acerco a él por la espalda cuando está caminando sólo por la calle y empieza el forcejeo. Finalmente consigo dominarle y le llevo a mi guarida. Cuando comienza el ritual, él empieza a retorcerse de nuevo. Es en ese momento cuando se le caen las gafas y me encuentro mirando unos horribles ojos de pez. Anonadada, detengo el ritual y me acerco. Le quito la gorra y me encuentro con unas acusadas entradas. Le obligo a abrir la boca y veo que no ha ido al dentista en la vida. Y sí, sus hombros son musculosos, pero su ropa holgada esconde una incipiente barriga cervecera y un horrible trasero plano.
Asqueada, abandono a mi presa medio desnudo en una calle apartada. La próxima vez debo ser más cuidadosa. Casi elijo como compañero a un monstruo horroroso.
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Escribí este relato en agosto de 2011, probablemente durante la maratón de escritura que hice, y lo publiqué directamente en el blog.
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