Anabel entró en el holosueño, impaciente, y echó un vistazo a la multitud. Allí estaba él, con su media máscara negra, tan magnético como siempre, mirando por la ventana. Se giró en cuanto notó que le miraba y ambos avanzaron hasta estar muy cerca, pero sin llegar a tocarse.

La estúpida máscara le impedía ver su color de ojos, pero estaba acostumbrada y hacía tiempo que había dejado de importarle no conocer el rostro del hombre que la hacía explotar de placer cada noche. Él tampoco había visto su cara nunca, de todas formas, porque ella siempre llevaba una máscara idéntica. Era el modo en que el sistema del holosueño te indicaba quién era tu pareja.

Apenas intercambiaron un par de palabras mientras se metían en el ascensor, rumbo a la suite del último piso. Había cosas que no estaba permitido decir y, si rompían las reglas, el sistema les impedía continuar la velada. Cuando eso ocurría, Anabel se desesperaba, así que se cuidaba mucho de no revelar ningún detalle personal delante del desconocido. Ni siquiera sabían sus respectivos nombres. El único detalle de su identidad que conocía era su procedencia sureña, debido a su acento.

En cualquier caso, no estaban allí para hablar. En cuanto estuvieron a solas, buscaron la boca del otro, saboreándose. Se abrazaron con necesidad, como si fuera el último día que se veían. Nunca se sabía, hacía tiempo que habían dejado de cuestionar el sistema y se limitaban a disfrutar el momento.

Anabel se empezó a quitar la ropa tal y como había aprendido en las clases de striptease a las que se había apuntado, ya que sabía que él se excitaba mucho cuando la veía quitarse provocativamente la ropa.

No aguantó hasta el final del baile, sino que la atrajo hacia sí y le arrancó el resto de la ropa sin dejar de devorarla y acariciar su cuerpo desnudo. Anabel no se quedó atrás y pronto le tuvo desnudo y a su merced. Le empujó hacia la cama y empezó a provocarle con roces apenas perceptibles pero, cuando la mano de él se deslizó hasta su clítoris y comenzó a acariciarlo con pericia, no pudo evitar jadear y hacer sus caricias más atrevidas.

Poco después, supo que él estaba al límite y decidió no prolongar más su propia agonía. Se colocó a horcajadas, comenzando un lento descenso. Él impulsó hacia arriba sus caderas, impaciente, y ambos comenzaron a moverse frenéticamente, sin dejar de tocarse, besándose en todas las zonas en que su posición lo permitía, hasta que Anabel sintió que estaba a punto de correrse.

Intentó contenerse, no quería que acabara tan pronto, pero era imposible pararlo y el orgasmo no tardó en invadirla. Él apenas necesitó un par de embestidas más para descargarse, aunque ni siquiera entonces dejó de besarla y estimularla hasta hacerla llegar una vez más al clímax.

Agotados, rodaron en la cama y buscaron una posición cómoda. Aún les quedaba algo de tiempo, que dedicaron a explorar sus respectivos cuerpos con ternura, intentando grabarlos en su memoria. Finalmente, comenzaron a notar los síntomas de que el holosueño se desvanecía y Anabel sintió, como siempre, la necesidad de decir algo, de darle alguna pista.

—He hackeado el sistema de seguridad del holosueño para que pierda potencia antes de tiempo —dijo él, con la voz cada vez más débil—. Entra en Cero-Cero-Uno-Cero.

En ese mismo instante, él desapareció de la escena y Anabel comenzó a despertar en el container sensorial de su apartamento.

—Holosueño finalizado. Por favor, valore su experiencia en una escala del uno al diez —dijo la máquina sensorial.

Anabel pulsó, como siempre, un diez sobre diez y se apresuró a recoger sus gafas de navegación: él había conseguido darle una pista y ella estaba decidida a seguirla.

—Búsca. Cero-Cero-Uno-Cero —ordenó al aparato. Se encontró con millones de resultados, la mayoría relacionados con la programación. No podía ser, así que intentó acotar la búsqueda, sin demasiado éxito.

Cerró un momento los ojos, intentando razonar. Cero-Cero-Uno-Cero no era un edificio, así que “entra” debía referirse a conectarse a una web llamada así. Pero no había ninguna y el buscador avanzado de las gafas había probado todas las variantes de nombre de dominio posibles. Aunque si era, tal y como sospechaba, un sitio que permitía saltarse las rígidas políticas de Holosueños S.A… sin duda no podía ser fácil de encontrar.

La empresa se tomaba muy en serio su lema: “Conectar parejas compatibles sin revelar su identidad”. Un lema que, visto en perspectiva, era muy rentable. Te tentaban con sexo seguro y sin compromiso, te encontraban la pareja sexual ideal y te negaban la posibilidad de un encuentro cara a cara con la excusa de la confidencialidad. Dado que no se permitía a la pareja hablar más que para compartir frases picantes y poco más, aunque ambos desearan conocerse les resultaba imposible y tenían que seguir usando los holosueños para estar juntos… pagando religiosamente todos los meses para que no les cortaran el acceso.

Eso le dio una idea, y comenzó una búsqueda asociando Cero-Cero-Uno-Cero con palabras y frases picantes. Por suerte, eso redujo la búsqueda a unos pocos cientos de resultados. Aun así, tardó bastante en encontrar el escondido documento, que estaba disimulado en lo que aparentemente era una web pornográfica más, y que había sido elaborado por una cadena de hoteles.

Leyó con avidez las instrucciones y consejos para que las parejas que desearan burlar a Holosueños S.A. pudieran conocerse. Nada más sencillo. Un mordisco en el lóbulo de la oreja indicaba en inicio de la clave, se seguía con un beso, que indicaba una hora distinta dependiendo de la zona del cuerpo en que se diera, y se finalizaba con un lametón que, igual que el beso, dependiendo de dónde se diera indicaba el número de habitación.

Sonrió y se apresuró a reservar una habitación. Había que pagar un precio astronómico por adelantado, pero aunque él ya hubiera hecho lo mismo no pensaba arriesgarse.

***

Al día siguiente entró en el holosueño más impaciente que nunca y echó un vistazo a la multitud. Por un momento temió que la empresa hubiera descubierto su intento por saltarse las normas y le hubiera penalizado cambiando su máscara o cerrándole la cuenta de cliente.

No había por qué preocuparse, ya que él apareció finalmente poco después. Anabel le sonrió, dándole a entender que había accedido al código secreto, y él le devolvió la sonrisa con un suspiro de alivio. Ni siquiera esperaron hasta estar solos en el ascensor, se besaron allí mismo. El sistema les proyectó directamente a la suite al detectar un nivel de excitación demasiado alto para estar en la sala de aterrizaje.

Apenas se dieron cuenta de ello, comenzaron a desnudarse con calma, sin dejar de acariciarse. No existía la premura de otras veces: pronto podrían estar cara a cara, sin esas ridículas máscaras protegiendo la identidad que se morían por desvelar.

Anabel estaba a punto de transmitirle su código cuando sintió el mordisco en la oreja, seguido de un beso en la barbilla y un lametón en los pezones. Doce de la noche, habitación 3. Ella respondió acariciando con suavidad su pene, la señal de que había entendido y que allí estaría.

El sistema no notó nada extraño. Ambos intercambiaron una sonrisa de complicidad y continuaron gozando el uno del otro como un día más. Pero no era un día más. Ya no tenían que preocuparse de acabar antes de que se les acabara el tiempo del holosueño o de decir algo inadecuado que hiciera que el sistema les expulsara. Se iban a ver poco más tarde, de todas formas.

Así pues, Anabel cumplió con su deseo de besar cada centímetro del cuerpo de él, que a su vez se entretuvo en sus pechos más tiempo del que en otras sesiones hubieran considerado prudente. Luego bajó dejado un reguero de besos a lo largo de su abdomen y comenzó a estimular los alrededores de su clítoris con la lengua, enloqueciéndola cada vez más.

Ella cambió entonces la pose a un 69, permitiéndose así probarle mientras él seguía con su dulce tortura hasta llevarla al límite. Justo cuando sentía que él empezaba a correrse, Anabel notó cómo el holosueño comenzaba a desvanecerse.

Despertó en el container y pulsó el diez antes incluso de que la máquina acabara de pedir la puntuación. Salió apresuradamente y miró el reloj. Quedaban un par de horas para la medianoche, lo que le dejaba una hora para arreglarse. Algo nerviosa, porque temía no gustarle tanto en persona como en el holosueño, se esmeró a fondo hasta que quedó perfecta y salió de casa tras echarle un último vistazo al container de Holosueño S.A. Con un poco de suerte, después de esa noche podría prescindir de él.

***

Llegó con adelanto y se acercó a la recepcionista para decirle el número de habitación en que la esperaban.

—Su pareja de holosueños está ya en la habitación —dijo la mujer con una sonrisa y un guiño. Los nervios de Anabel la hicieron sentirse repentinamente mareada—. No se preocupe. En todo el tiempo que llevo trabajando en este hotel, ninguna pareja que se haya encontrado por primera vez aquí se ha marchado decepcionada. ¡Algunos hasta vuelven por su aniversario!

Anabel sonrió con timidez, no muy convencida, y siguió las instrucciones para llegar a su habitación. Abrió con suavidad, sin apenas hacer ruido, y entró en el descansillo. Le vio atravesar de un lado a otro la habitación, con aspecto nervioso, y le observó en silencio para absorber todos los detalles de su rostro, no fuera que la rechazara y no volvieran a verse más.

Pero entonces él la vio y se paró en seco. Ella se sonrojó; temía que no le gustara lo que veía.

—Eres preciosa —dijo él. Se acercó y la besó con tanta pasión como cuando estaban en el holosueño. Solo que esta vez era real y, por tanto, mucho más intenso. Anabel sintió que sus piernas apenas la sostenían y se apoyó en él. Era maravilloso sentir su fuerza y su calor en persona—. Necesito saber tu nombre —susurró él, enterrando su rostro en su cuello. Ella se lo dijo y él lo repitió, para besarla después de esa forma tan enloquecedora.

Anabel enterró los dedos en su pelo y profundizó el beso mientras él metía las manos bajo su camiseta y comenzaba a tocarla en todos sus puntos sensibles. Jadeó y le apartó un poco para quitársela.

—Tu nombre —le pidió mientras se deshacían del resto de la ropa. Nuevamente se olvidó de su striptease; ya habría tiempo para eso más adelante.

—Ismael —respondió, lanzando sus pantalones a un lado y atrayéndola de nuevo hacia sí. Anabel gimió al notar su cuerpo contra el de ella. Ni el mejor holosueño podía equipararse con eso.

Se tomaron su tiempo, redescubriendo sus cuerpos, acariciando, besando, lamiendo, jugando y entregándose al placer sin límites. Anabel fue asaltada por un orgasmo inesperado e Ismael aprovechó ese momento para hundirse en ella con un jadeo. Se empezó a mover con cuidado y pronto encontraron el ritmo perfecto, que les llevó poco a poco a un clímax demoledor.

—No pienso volver a usar los holosueños en la vida —susurró Anabel más tarde, acurrucándose en sus brazos—. Esto es, de lejos, mucho mejor.

Ismael, abrazándola con fuerza y mirándola a los ojos, sonrió y asintió. Le dio todos los datos para que pudiera localizarle y ella hizo lo mismo. Después, siguieron hablando sobre todas las cosas que quisieron decirse mientras estaban en el holosueño hasta quedarse dormidos.

Al despertar, Anabel descubrió que el sexo matinal era maravilloso y se sintió feliz al saber que, a partir de ese momento, lo tendría a menudo.

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