Egea quería que cambiaran el sofá del salón, pero sabía que su compañera de piso, Manoli, se negaría. Se preparó para la acción: había descubierto que, si hablaba sin parar y muy deprisa, a la pobre Manoli no le daba tiempo a procesarlo y acababa por aceptar cualquier cosa que hubiera propuesto.

No obstante, esta vez no se iba a salir con la suya, porque su compañera ya sabía que, cuando se ponía a chamullar de esa forma, era porque quería conseguir algo que a ella no le iba a gustar. Por eso, intentó sin éxito seguir lo que Egea le estaba diciendo y, cuando se perdió, se limitó a mirarla con ojos vacíos y a decir «No» cuando acabó.

—¿En serio? Qué pena —preguntó Egea, desconsolada.

Era la primera vez que el truco fallaba y Manoli decía «No» en vez de «Vale». Tendría que buscar otra táctica: chamullar era agotador, y hacerlo para nada era tontería. Así pues, se fue a su habitación para pensar en una nueva forma de manipular a su compañera.

Manoli, por su parte, se sentó en el viejo sofá, en el que era incapaz de coger una postura cómoda, y pensó:

«Quizás debería averigüar qué quería y negociar con ella: yo acepto su propuesta si ella acepta que cambiemos este estúpido sofá».

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