Cuando el adefesio apareció en el pueblo, la primera reacción de sus habitantes fue de pánico y se montó un terrible alboroto. Luego, cuando vieron que era un tipo tranquilo e inocentón, se preguntaron cómo sacar partido a su monstruosa fealdad.
Decidieron utilizarle para luchar contra los bandidos que tenían su base en las montañas cercanas y, luego, para ahuyentar a los recaudadores de impuestos. Después de eso se dieron cuenta de que ya no les servía para nada y, como nadie quería trabajar con semejante engendro, pues su mera visión les repugnaba, le pidieron amablemente que se fuera.
Por desgracia para ellos, el adefesio había aprendido algo de su estancia en el pueblo: a luchar, a intimidar y a valerse de la fuerza para conseguir lo que quería. Así pues, cuando vio que no podría quedarse por las buenas y que todos eran unos desagradecidos, tomó lo que quiso por las malas.
Vivieron unos cuantos años bajo su yugo hasta que el rey, que se jactaba de ser un magnífico cazador, fue en busca del monstruo y le abatió. Luego, tras inflar su ego con los halagos de los pueblerinos, se marchó dejando atrás a los recaudadores: ya no tenían excusa para no pagar, y los liberados tenían años de impuestos atrasados que abonar.
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Otro de los relatos cortos escritos en julio de 2017 con palabras olvidadas, esta vez adefesio (persona o cosa ridícula, extravagante o muy fea) y alboroto (vocerío o estrépito causado por una o varias personas).
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