Había muchos regalos para elegir, pero yo no estaba conforme con ninguno de ellos. Demasiadas tonterías de piedra y madera, algún juego magnético, cajitas y artículos de decoración, pero nada único y especial para regalarle a mi pequeña.

Entonces se abrió la puerta de una zona de acceso restringido que parecía funcionar de forma independiente al resto de la tienda y vi el artículo perfecto: una preciosa muñeca de porcelana. La agarré e intenté pagarla en caja, pero la dependienta me dijo que no estaba capacitado para poseerla y la puso fuera de mi alcance. No obstante, yo no me rendí: en cuanto se despistó, dejé un billete sobre el mostrador, guardé la muñeca y la llevé a casa para envolverla. 

Fue, efectivamente, el regalo perfecto: a mi hijita le encantó. No obstante, no fui yo quien recibió su sonrisa y su abrazo de agradecimiento, sino el demonio que, oculto en el objeto, había esperado a que un incauto como yo se hiciera con él y ahora poseía mi cuerpo mientras yo observaba todo, horrorizado, desde los ojos sin vida de la muñeca.

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