Marieta miraba con esperanza a Callum, que por fin salía de su habitación después de dos días encerrado tratando de desentrañar una serie matemática divergente. Le quería muchísimo, pero cada vez que se sumergía en sus cuentas y en sus números se olvidaba de todo. Cuando estaba con ella a veces parecía estar constantemente haciendo cuentas mentales. Por suerte, se había acordado de su baile de compromiso.
—Oh, Callum, menos mal que has bajado. Comenzaba a temer que te hubieras olvidado otra vez y que tuviéramos que sacarte a rastras de tu habitación —dijo su futura suegra.
Él la miró desconcertado, pero su madre prefirió fingir que no se había dado cuenta del desliz cuando se le iluminó el rostro y pareció darse cuenta, por fin, del día en que estaban.
—Ah, sí. El baile.
Marieta suspiró desencantada al ver su poco entusiasmo. Se preguntó por enésima vez si la amaba de verdad o si en realidad le había pedido matrimonio porque no habría en toda la alta sociedad otra muchacha que estuviera dispuesta a aguantar sus excentricidades.
Callum, medio obligado, se sentó a tomar el té con ellas. Marieta intentó por todos los medios conversar con él de cualquier cosa que no fueran los números pero, sacara el tema que sacara, Callum siempre lo conducía a su terreno. Aunque ella había intentado entender esas enormes series de números y complejas operaciones, resultaba imposible igualar al matemático más destacado de todo el país, o incluso comprenderle.
Marieta se marchó al poco rato, con la excusa de acicalarse para el baile. Se puso a llorar en cuanto salió del campo de visión de ambos. Podía oír a lo lejos la reprimenda que estaba dando a Callum su madre por su ausencia injustificada esos días, pero sabía que el joven la olvidaría en cuanto se marchara a vestirse y alguna hebra suelta en su traje le llevara a realizar una nueva serie de cálculos brillantes.
Horas después, bajó las escaleras de la mansión para recibir a los invitados. Frunció ligeramente el ceño al ver que Callum no la esperaba, tal y como debería. En su lugar estaba Zairus, su hermano pequeño, un joven libertino que al parecer había sido asignado como acompañante suyo en sustitución de Callum, que había desaparecido quién sabía dónde hacía una hora.
Al contrario de lo esperado, Zairus era encantador. Marieta pronto se relajó a su lado, hasta llegar a un punto en que dejó de darle vueltas a dónde podía estar su prometido y comenzó a disfrutar de la velada. La noche fue realmente especial, porque por primera vez en mucho tiempo se sintió valorada y el centro de atención de un hombre.
Sabía que todo era una artimaña de Zairus, que solo pretendía seducirla, tal y como lo había intentado otras veces, porque la fortuna de ella le solucionaría muchos de sus apuros económicos. Pero en el fondo le daba igual. Cuando el libertino acercó su boca a la de ella, no se apartó y le atrajo aún más. Disfrutó del apoteósico beso, saboreando los dulces labios de Zairus, sin importarle la fiesta, Callum o el decoro.
Solo cuando se separaron, jadeantes, se dio cuenta del gran error que había cometido. Justo ante ella estaban su prometido, despeinado y bastante desarreglado, y su suegra, que fruncía el ceño con desaprobación. Pero lo peor de todo era la cara de alivio que vio en Callum.
—Parece que nuestro compromiso ya no tiene validez —dijo él—. Aunque claro, si hacemos caso a las probabilidades, no sé cómo no se ha anulado antes.
Zairus la rodeó con sus fuertes brazos y la atrajo hacia sí con una mirada triunfal. El compromiso seguiría adelante, solo que con otro hermano como prometido, y por fin Marieta, de la que llevaba años secretamente enamorado fingiendo que solo le interesaba su fortuna, sería suya.
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Escribí este relato durante una maratón de escritura en diciembre de 2011. Esta vez tenía 4 consignas mandadas por las lectoras Hada Fitipaldi, Dulce Cautiva, Elisa y Astarielle: las palabras eran divergente, esperanza, apoteósico y labios.



