Bird siempre se había sentido desplazado. Los isleños le habían encontrado cuando era un recién nacido y sus enormes alas blancas, inútiles y odiosas, provocaban temor en todos. Lo peor era que resultaba imposible ocultarlas, por más que intentara ponerse capas o ropa ancha. 

Era de esperar que el deseo de morir de Bird despertara pronto. En el fondo, todos los isleños deseaban que lo consumara cuanto antes, para librarse de su pavorosa presencia, pero nada de lo que intentó funcionó: las heridas sanaban al instante, podía soportar horas sin respirar y ni la sed ni la inanición causaban el menor efecto.

Desesperado, consultó al chamán, que se limitó a señalarle que era inmortal. Bird no lo pudo soportar: se refugió en el interior de la isla y esperó la muerte. Perdió la noción del tiempo. Y entonces llegaron los occidentales. Le capturaron. Experimentaron. Y, al fin, cuando le arrancaron las alas, pudo descansar en paz.

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